Rogelio Macías Sánchez
Algo de música
Concierto y desconcierto en el Teatro Morelos
Martes 30 de Junio de 2015
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La noche del pasado viernes 26 de junio alcancé a llegar al Teatro Ocampo a tiempo para estar desde el principio en el concierto de temporada que ofreció la Orquesta Sinfónica de Michoacán (Osidem). Alcancé a hacerlo en un acto de singular audacia y lentitud, tomando en cuenta la densidad de tráfico vehicular, las tomas y plantones en la vía pública de los descontentos de algo y la imposibilidad de estacionarse en un lugar seguro o por lo menos cercano, dado que era noche de viernes, cuando el centro de la ciudad se convierte en una gigantesca cantina global, de las más grandes del mundo.
Pero al fin llegué al tiempo de la entrada del director invitado, el joven maestro brasileño Claudio Cohen, director titular de la Orquesta Sinfónica del Teatro Nacional en Brasilia. Abrió con el Vals del Emperador, de Johann Strauss, hijo (1825-1899). Pieza hermosa, vals largo y complejo, literalmente popular, gustado y amado por casi todos los que lo conocen y prototipo del vals vienés que dominó el ambiente musical de esa ciudad en la segunda mitad del siglo XIX. Bien le resultó a la Osidem esa noche con un director que mucho me gustó por el manejo asincrónico de sus manos: la derecha marcando el ritmo, la izquierda modulando la dinámica. Como dijera mi maestro de apreciación musical, Carlos Greull Anders: “Que tu mano derecha no se entere de lo que hace la izquierda”.
Vino el turno del solista invitado, el pianista francés Pierre-Laurent Boucharlat, para tocar el Concierto para piano y orquesta, de Robert Schumann (1810-1856), pieza muy bella, pero extraña como casi toda la obra de ese autor. Es una obra eminentemente romántica, pero hecha en dos tiempos. El primer movimiento en 1841 y los otros dos, que son uno solo en realidad formal, cuatro años después. Es evidente que son expresión de diferentes estados de ánimo y modos compositivos. La segunda parte rompe con todas las normas que aún pudieran existir para los conciertos románticos de la época. Es difícil de interpretar no por virtuosismos intrascendentes, sino por la especial musicalidad, estilo y sensibilidad que exige.
Pero eso es lo que no hubo esa noche del viernes pasado. Fue un auténtico desconcierto entre orquesta y pianista. Cada uno tocó, por su lado, su concierto, sin que tuvieran que ver uno con el otro. Además, pianista y orquesta tocaron muy sucia su versión, más el pianista que la orquesta. Audición lamentable verdaderamente.
Intermedio para tratar de quitarnos la mala vibra con que terminamos la primera parte y cerrar con la Bachiana brasileira No. 4, de Heitor Villa-Lobos (1887-1959).
Las bachianas brasileiras son nueve obras compuestas a lo largo de quince años, que lo único que comparten es el uso de temas folclóricos de Brasil manejados a modos de Johann Sebastian Bach, pero a la moderna. Suena complicado y lo es. No tienen ninguna otra relación, formal, estilística o de dotación instrumental. La que escuchamos fue originalmente para piano solo y el propio Villa-Lobos la transcribió para gran orquesta.
Tiene cuatro partes, las primeras, más bachianas y poco brasileñas, y las segundas más modernas y complejas, pero donde se reconocen con claridad los elementos mestizos y mulatos de Brasil, como la samba. Es una obra interesante, dificilona pero agradable, que se deja escuchar con gusto. La versión que nos ofreció la Osidem bajo la batuta del maestro Claudio Cohen, sin ser del otro mundo, nos permitió disfrutar la obra, tan poco escuchada en nuestro medio.
Hasta la próxima.

Sobre el autor
Rogelio Macías Sánchez Médico cirujano por la UNAM, Especialidades de Neurología y Neurocirugía. Con ellas, ha ejercido en instituciones oficiales y en la práctica privada. Catedrático de la Universidad Michoacana Amante de la música clásica desde sus primeros años por inducción familiar, se desarrolló como melómano cultivado por iniciativa propia. Por confluencia de circunstancias se ha desarrollado como periodista aficionado en el ámbito cultural en la crónica y crítica de música clásica. También, y auténticamente por amor al arte, ha sido promotor de eventos magníficos de música clásica en Morelia.
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