Rubí de María Gómez Campos
Meditaciones posmodernas
El trámite más inútil
Viernes 6 de Febrero de 2009
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En contra de otros momentos radiantes de la historia de México en que la acción política era representada por personajes de la talla de Morelos, Hidalgo, Melchor Ocampo y muchos otros hombres cultos y de espíritu refinado que buscaban el acceso a niveles de decisión, no para satisfacer sus intereses personales ni mediante maquinaciones oscuras o por motivos inconfesables, sino con el fin de ofrendar su propia vida y postular valores en beneficio de los demás, el noble arte de la política ha alcanzado hoy niveles extremos de pobreza de ideas y de valores nulos, cuando no negativos.
Recientemente el gobierno federal convocó a un concurso público para conocer cuáles eran los trámites más engorrosos e inadecuados, de entre los múltiples infructuosos procesos de los que está plagada la acción gubernamental. Resulta que de entre los miles (que podrían ser millones) de trámites superfluos que ahogan la simpleza y la fluidez de la vida social en México, hubo un gran ausente. Tal vez por la propia apabullante presencia cotidiana de sus efectos negativos no resultó ganadora la propuesta que muchos teníamos en la cabeza.
Como en tiempos de don Porfirio, o durante los 70 años de “dictadura perfecta” que oprobiosamente nos endilgó el PRI, el trámite más inoperante e ineficaz para resolver o simplemente atender los muchos problemas que nos aquejan ha vuelto a ser el ejercicio ciudadano del voto.
La emisión del sufragio, cuyo objetivo claro es la participación efectiva de la ciudadanía en los procesos de decisión que resuelvan los problemas de la organización social, no sólo pasa por el esfuerzo personal de obtención de una mica con sus datos personales (que en sí mismo es ya excesivo, al tener que esperar por varios días y dedicarle al menos dos jornadas laborales porque los funcionarios del IFE no aprovechan las ventajas de la tecnología electrónica para entregar rápida y eficientemente la credencial de elector). También es necesario soportar durante los meses previos al ejercicio del sufragio la andanada de ofensas y calumnias mediáticas que los partidos políticos lanzan contra sus adversarios a través de anónimos donantes, como parte del juego político de promoción de sus candidatos. Y por si fuera poco el dinero invertido en las campañas, que el pueblo paga a través de impuestos desproporcionados que grandes empresarios evaden por procesos de corrupción, tenemos que soportar grandiosos y evidentes fraudes que colocan al favorito de la oligarquía en turno en los papeles más importantes de la toma de decisión.
Pero eso no es todo, aun en los casos en los que el ciudadano o ciudadana común se siente satisfecha con el resultado de su elección y confía en la limpieza (o se sabe parte) del proceso electoral, tiene que habérselas con un ejercicio de gobierno que no es capaz de respetar las mínimas reglas de la convivencia social y que decide todo de acuerdo con sus particulares y limitados puntos de vista; sin atender a los más elementales principios de actuación moral universal y sin que acepte la menor crítica a su autoritaria forma de resolver los signos de oposición.
Finalmente, una vez logrado el propósito y utilizada la ciudadanía, la apertura y la capacidad de alianza y de comprensión universal simulada durante las campañas de búsqueda del poder se terminan. Una vez alcanzada la presidencia o las gubernaturas (y aún en el nivel de gestión municipal) los gobiernos de todos los niveles y de cualquier extracción se olvidan de sus promesas de servir y se conciben extraños a toda forma de interlocución con la sociedad. La burbuja en la que se envuelven los hace invulnerables a todo intento de diálogo e impermeables a todo intento de comunicación. Esto los lleva a cometer los excesos más atroces o los más ridículos que les permite su buen o su mal entender.
De esta manera, atendiendo sólo a sus propias e ilegítimas exigencias morales (o inmorales), deciden por toda la sociedad e imponen parámetros de verdad que sólo el pueblo que los llevó al poder tiene que obedecer. El acuerdo, la negociación, la capacidad de convocatoria o el más mínimo respeto a las diversas ideologías que la sociedad profese les tienen sin cuidado. Ellos deciden, mandan, ordenan, y todos los que los rodean, estén o no convencidos de la legalidad o de la justicia de la disposición recibida, sólo saben obedecer. Así es como llegamos al absurdo de un presidente que, en concierto con su sola conciencia moral, llega a participar de asuntos de índole religiosa, siendo el máximo representante de un Estado laico; y a respaldar con su presencia las visiones autoritarias, prejuiciosas y discriminatorias que renuncian al sentido común; como la maliciosa idea de que el crimen proviene de familias no tradicionales, según lo expresara el presidente del PAN; y que hacen de las posturas arbitrarias y segregacionistas (expresadas sin rubor en el Congreso de las Familias) que se debieran combatir, una virtud.
La discriminación desde el poder es tan absurda e ilegal (ya que rompe compromisos internacionales de respeto a los derechos humanos contraídos por el Estado con anterioridad) como las prácticas viciosas de los curas pederastas, que muchas veces se han protegido desde las más altas esferas religiosas y de poder. Como si pretendieran que nos acostumbremos a invertir el bien y el mal, y en un claro entrenamiento de despotismo moral que sólo puede ser producto del resentimiento, el gobierno panista de Guanajuato se ha atrevido a prohibir decir groserías y besar en público (una de las más puras expresiones de amor), pretendiendo con esto “inculcar valores” a través de la laboriosa y agotadora maniobra de vetar. Como si la conciencia moral (y aun legal) no consistiera precisamente en la capacidad individual de comprender y distinguir el pecado de la virtud (libre albedrío), y como si para introducirse de forma irrespetuosa e ilegalmente en la vida privada de los demás (como cualquier chismosa o fisgón) fuera necesario acceder al poder -tan poco comprendido en su dignidad y en su superioridad.
Para que el ejercicio democrático del sufragio no resultara ser el trámite más inútil sería necesario, al menos, que hubiera inteligencia en quienes nos gobiernan; esto les permitiría también a ellos escapar del resentimiento moral que hoy no les permite, como útiles estadistas, ejercer el poder con dignidad.
rgcampos_61@yahoo.com.mx

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