Miércoles 4 de Febrero de 2009
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Desde hace décadas se sabía que los delincuentes eran “pastoreados” por los altos mandos.
Un viejo documento de la CIA, fechado en 1951, señala al coronel Carlos Serrano como un personaje involucrado en el narcotráfico, cercano al presidente Miguel Alemán, jefe de la Policía de Veracruz, cuando éste era gobernador, y durante la campaña presidencial, el responsable de su seguridad personal. \"Él ha organizado y controla la Dirección Federal de Seguridad (DFS) y encabeza la Comisión Permanente del Congreso -se consignaba en el documento-. Además es el líder encubierto de la campaña anticomunista en México\".
La guerra sucia contra los jóvenes que optaron por la vía armada luego del fatídico 2 de octubre de 1968 y de la represión del 10 de junio de 1971, llevó al asesinato de centenares de inconformes, los comandantes y agentes de la Federal de Seguridad fueron recompensados: se les permitió el robo de autos, el contrabando y el tráfico de drogas. Jesús Blancornelas relata en su libro El cártel cómo un personaje muy conocido en Morelia, cuando fungía como comandante de la DFS en la frontera -con la colaboración de la Policía Federal de Caminos, arguyendo falsos accidentes- cerraba la carretera Mexicali-San Luis Río Colorado para que en ella aterrizaran los aviones procedentes de Colombia, cargados de cocaína.
Rubén Zuno Arce, cuñado del entonces presidente mexicano Luis Echeverría, incursionó en el tráfico de drogas. Don Carlos Loret de Mola denunció oportunamente que de todos los hermanos de la “compañera María Esther” el amigo de don Luis fue siempre Rubén, en su libro Los caciques dice: “Rubén constituye, simplemente, una ambición desbocada, una codicia desmedida, un ansia insaciable de placeres y bienes materiales, soberbio y prepotente. Sin frenos morales ni ante el crimen. [Proseguía Loret, citando el testimonio de Jesús González Gortazar] Disponía de aviones y avionetas de Conasupo para su tráfico ignominioso [...] Piloteaba Rubén los aviones para conducir drogas heroicas. Puedo dar nombres de quienes lo vieron: promotores agrarios de la sierra de Durango y en diversos sitios de Sinaloa”.
En los medios poco se comentaba; trascendía de boca en boca que grandes cargamentos de mariguana se llevaban a la frontera y que la cocaína colombiana cruzaba el país en cantidades industriales, que los comandantes de la Dirección Federal de Seguridad tenían que reportarse con Javier García Paniagua, director de esa corporación en tiempos de López Portillo.
En los últimos meses de ese gobierno, a la profunda crisis económica se sumó otro escándalo. En Zihuatanejo y en el Ajusco se edificaban dos ostentosas mansiones del “general” Arturo Durazo, jefe de la policía de la Ciudad de México, no se podía sino sospechar que tras los blancos muros y columnas de mármol estaban la corrupción y los dineros del narco.
José González escribió para Editorial Posada Lo negro del Negro Durazo y puso al desnudo la corrupción que imperaba en la policía capitalina, el tráfico de drogas, la protección a delincuentes, los “reportes” en centenarios de oro para los altos mandos. Eran los primeros indicios de la profunda descomposición de los cuerpos policiacos. Luego Proceso documentó que desde la campaña, López Portillo fue alertado por el gobierno de Estados Unidos sobre la participación del Negro en el contrabando de drogas. En lugar de ser castigado Durazo fue premiado con la Dirección de Policía y Tránsito.
Ya en el sexenio de Miguel de la Madrid, en mayo de 1983 fue asesinado el periodista Manuel Buendía, autor de la columna política más leída en el país: Red privada, había descubierto los nexos de la policía política con el narco. Sus ejecutores fueron agentes de la Federal de Seguridad, se ignora aún si desde las alturas del poder surgió la orden de segar la vida de Buendía, la justicia llegó sólo hasta quien fue director de esa corporación, José Antonio Zorrilla Pérez.
En Sinaloa sobresalía Miguel Ángel Félix Gallardo, quien también estuvo cerca del poder, fue jefe de ayudantes del gobernador Leopoldo Sánchez Celis y amigo cercano del gobernador Toledo Corro, fue hecho prisionero en 1989. Sus sobrinos, los Arellano Félix, fueron sus herederos.
En 1984 se descubrió un gigantesco latifundio en Chihuahua, El Búfalo, totalmente sembrado de mariguana, con modernas técnicas de riego; cientos de braceros trabajaban en el cultivo y la cosecha, patrullas militares custodiaban las plantaciones.
Un año más tarde, en 1985, fueron asesinados en Guadalajara el agente de la DEA Enrique Camarena y el piloto Alfredo Zavala Avelar, se pretendió tapar todo. Al rancho El Mareño, Michoacán, llegaron las policías Judicial Federal y Judicial de Jalisco a sembrar los cadáveres. Para fabricar culpables una familia inocente fue masacrada.
Rafael Caro Quintero y Ernesto Fonseca Carrillo (a) Don Neto estaban implicados en los homicidios del agente de la DEA y el piloto. Caro Quintero se fugó del país a bordo de un avión privado, lo dejaron ir porque se identificó con una credencial de la Dirección Federal de Seguridad. Las presiones de Estados Unidos llevaron a su pronta captura, la Interpol lo encontró en Costa Rica donde vivía con la sobrina del político jalisciense Daniel Cossío Vidaurri. Don Neto vivía en Puerto Vallarta, era tío de otro destacado narcotraficante, que por cierto también fue agente de la Dirección Federal de Seguridad: Amado Carrillo.
La justicia estadounidense capturó al autor intelectual de los crímenes de Camarena y Zavala Avelar, resultó ser nada menos que el cuñado de Echeverría: Rubén Zuno Arce.
El tráfico de drogas alcanzó dimensiones gigantescas porque fue solapado y fomentado desde el poder.