Alma Gloria Chávez
Defender recursos naturales
Sábado 23 de Mayo de 2015

“Conforme el clima cambie, cualquier cosa que la naturaleza haga va a ser más resistente que lo que nosotros, los seres humanos, hagamos”.

Nguyen Huu Thien, ecólogo chino

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En junio de 2014, durante la semana comprendida entre el 19 y 25, en distintos países del orbe se organizó una movilización en la que participaron comunidades, activistas, académicos, grupos y organizaciones diversas, así como escritores, literatos, reconocidos actores y personalidades que han sido distinguidas con premios internacionales, con el propósito de convocar a los gobiernos del mundo y poner un alto al crimen globalizado contra el medio ambiente, que ejercen impunemente los mercaderes amparados por el Tratado de Libre Comercio, el Banco Mundial o la Organización Mundial de Comercio.
“Por los pueblos fumigados con químicos de Monsanto en Argentina; por las más de mil costureras muertas en el derrumbe de las fábricas textiles en Bangladesh; por los 34 mineros muertos a tiros por la policía en Marika, Sudáfrica, y los cientos que pierden la vida anualmente en minas semiclandestinas; por las comunidades que en Chiapas y en otros estados mexicanos ven cómo la empresa Coca-Cola es quien mayor acceso tiene al agua potable; por quienes como esclavos permanecen años a bordo de barcos tailandeses y chinos, trabajando casi sin paga; por las aves que mueren al contacto con pesticidas en sembradíos varios; por los peces que igual suerte corren en sus aguas envenenadas con químicos y metales; por la gente que huye de sus selvas en cuanto Shell, Chevron o Repsol ponen sus zarpas en ellas. Por tanta vida afectada por las corporaciones, es urgente adoptar medidas efectivas que permitan controlar sus ansias, ambiciones y codicias”.
Aquí en México, rarámuris, yaquis, nahuas, triquis, mazahuas, otomíes, pueblos de Morelos, Coahuila, campesinos de San Salvador Atenco, los del Cerro de San Pedro, en San Luis Potosí, y los de Chihuahua, también se unieron a esta jornada porque poseen en común una voluntad inquebrantable por defender tierras, aguas y bosques que para ellos representan y garantizan su supervivencia dentro de una sociedad que les ignora y desprecia. Y lo mismo perciben comunidades indígenas que vienen sufriendo siglos de despojo, como las nueve comunidades huicholes de Jalisco, Nayarit y Durango que exigen respeto a las tierras sagradas de Wirikuta, explotadas por una empresa minera canadiense.
No sólo los pueblos mencionados, sino una gran mayoría de los pueblos originarios de la nación y el continente, conservan rituales que, desarrollados a través del ciclo anual, dan muestra de la certeza que conservan de su pertenencia a la naturaleza (y no a la inversa). “Es nuestra madre creadora (la naturaleza) la que nos permite ser y existir… sin ella, ¿quiénes somos?”.
Decían los antiguos mayas que el cielo y la tierra tenían corazón y memoria, y que la vida humana representaba un don fundamentado en el equilibrio y la armonía, único y capaz de convocar a la procreación y a la existencia. En las enseñanzas de los antepasados, la vida era concebida como una serie de sucesos y una intimidad constante con nosotros mismos, que nos permitía encontrar la máxima conciencia universal unificada: entendiéndonos como parte de un todo. “Los pájaros, los árboles, los volcanes, las montañas, los ríos, los mamíferos, las estrellas, las nubes, las plantas y las mismas piedras, son nuestros hermanos y hermanas, siendo todos/as hijos de la Madre Tierra y del Padre Sol. No hay quien no sea hermano/a, sólo quienes no quieren reconocerse como tales”.
En los umbrales del siglo XXI, estos principios permanecen en la memoria de los pueblos originarios, que se saben custodios de costumbres y tradiciones ancestrales, que con frecuencia sólo son observadas, por ojos ajenos, como meros “espectáculos” o “divertimentos” para turistas. Ante los planes “desarrollistas” y la modernización “que enferma”, los pueblos originarios se enfrentan a realidades diferentes: un nuevo modelo de organización económica, tecnológica y administrativa que privilegia el dominio de las fuerzas naturales para el mayor bienestar de minorías que controlan el poder monetario, sin permitir la discusión, el diálogo o algo cercano a “llegar a acuerdos”.
Lo que para teóricos de esa corriente que se conoce como “globalización”, implica el liberalismo económico y político, para nuestros pueblos rompe la relación de nuestras conciencias con la conciencia del Universo: es “contrariar a la naturaleza”. “A la razón le resulta imposible dominar todo. Sin sentimientos, no hay hermandad; sin el componente de lo sagrado nadie puede respetar la naturaleza aunque haya voluntad, y sin emociones, se acaban las experiencias y se codifican las conciencias” -dicen miembros de la tribu yaqui-.
En el subconsciente colectivo de nuestros pueblos originarios (de aquí y de China), se tiene la certeza de que las separaciones solamente son aparentes, porque todo es indivisible. Y dentro de ese postulado, pueblos y comunidades indígenas, agrarias y campesinas pueden asistir al proceso de la globalización sin la pérdida de sus raíces y sin abandonar su cosmovisión, porque si no lo hacen así, la negación de lo que son sería el costo a pagar… como lo están viviendo (sufriendo) algunos.
“En el pasado -recuerdan algunos-, los abuelos y abuelas construyeron grandes obras que dieron sustento a culturas y pueblos: desde la alimentación que siempre estuvo vinculada con la región y el clima, permitiendo la adaptación del individuo al entorno; la observación del firmamento y sus astros, que contribuyó al desarrollo de la moderna astronomía; la ampliación de los conocimientos acerca del tiempo y la conducta humana, y -por supuesto- nuestra relación con el Cosmos, hasta la edificación de sitios y ciudades dedicadas a la observación del Universo, al culto a las deidades, a la agricultura y a la vida después de la muerte”.
Aquí en Michoacán, algunas comunidades continúan defendiendo formas de ser y de vivir su cultura, costumbres y entorno. La comunidad indígena de Cherán hoy sigue dando ejemplo de cómo lograrlo, eligiendo un consejo que les represente, sin intervención de instancias gubernamentales o partidos políticos, porque “sólo así llegaremos a recuperar el adecuado manejo de nuestros recursos naturales… de nuestros principios y valores como cultura”.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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