Alma Gloria Chávez
Ser maestro y no quedar en el intento
Sábado 16 de Mayo de 2015

“El fin justo de la educación es crear inquietudes que nos lleven a la libertad y el servicio al prójimo”.

Una maestra verdadera.

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La amiga a la que me refiero en el epígrafe, actualmente jubilada, se ha dedicado en los últimos tres lustros a promover grupos o comunidades educativas, sobre todo entre adultos que realizan actividades que les permiten suficiencia alimentaria, como el cultivo de hongos, frutas y legumbres que pueden preparar para ser envasadas, además de participar en redes de intercambio con productores diversos. Ella tiene una edad en la que muchas mujeres ya padecen una serie de achaques, pero a mi amiga parecen tenerle sin cuidado gracias al ejercicio metódico y a la frugal, pero sustanciosa, alimentación, que con sabiduría equilibra.
Fue ella la que alguna vez me comentó, refiriéndose a los festejos por el Día del Maestro, que esa celebración, igual que la del Día de las Madres o el Del Padre, resultan inútiles y de franco consumismo: “Es el trono fantasma que se ofrece a festejados, hecho de culpas y mala fe; desde donde se les recita, año con año, trillados halagos y frases huecas y reiterativas… pero nunca se habla de la lamentable situación que padece en nuestro país el gremio magisterial, y mucho menos de sus causas”.
El nivel de vida tan deplorable, la opresión o sujeción de los programas educativos que les imponen, la corrupción, las condiciones de trabajo muchas veces adversas, la carencia de recursos, el control oficial de sus organizaciones sindicales y un sinfín de calamidades más, constituyen el marco en el que se desarrolla la labor educativa de la gran mayoría de los docentes, exceptuando a una pequeña élite que goza de especiales beneficios.
Existe una línea invisible que divide al mundo escolar en dos aulas tan parecidas y, en el fondo, tan diferentes. Una, el aula que se deja, apacible y clara, en que la cátedra era sólo un consejo y la presencia de un guía. Otra, el aula que se recibe, imaginada más que prevista, donde la cátedra se adivina como tribunal de vida y responsabilidad esencial. De la escuela en que se adiestraron como educandos a la escuela en que actuarán como profesores, hay sólo un paso: pero resulta un paso de inmensas repercusiones.
Las escuelas primaria y secundaria son para la vida mexicana el más poderoso instrumento del cambio social, que al promover el desarrollo lo encuadra dentro de los términos de la equidad y lo enriquece de contenido humano. La enseñanza en este país nuestro merece –en la jerarquía de los grandes problemas nacionales– atención apremiante y estricta, y a ella debe entregarse gran suma de esfuerzos económicos y humanos.
Para este tiempo, no obstante que los avances logrados son importantes, especialmente si se toma en cuenta el incremento demográfico implacable, desbordado, que plantea apremiantes necesidades, el panorama de la educación en el país ofrece realidades sombrías porque demuestran el desamparo educativo de gigantesco número de mexicanos. Y también es inquietante lo relativo a la enseñanza que se imparte.
Pareciera que la escuela poco o nada tiene que ver con la vida del país. En las aulas casi nunca se habla reflexiva y analíticamente de las vicisitudes nacionales, que por supuesto, sí marcarán la vida educativa institucional y nuestra vida “adulta” en sociedad: elecciones, fraudes electorales, coacción del voto, corrupción, crisis económica, descomposición social, narcopolítica, desempleo, violencia, medios de comunicación y veracidad, derechos humanos, etcétera, todo como parte de un currículum no oficial pero con enorme potencial educativo.
La real situación de la enseñanza básica –no escapan la formación técnica y profesional– presenta preocupantes aspectos. A menudo las escuelas convencionales se convierten en entidades excluyentes y deformadoras de la cultura: el alumnado vive obsesionado con la libreta de calificaciones, olvidando (o sin llegar a saber) que la mejor evaluación será nuestro desempeño en la vida. Entonces, esas escuelas se encargan de “formar” a niños y jóvenes que responden mecánicamente a exámenes, en tanto nulifica a otros que tal vez puedan desempeñarse mejor en pruebas más activas e inteligentes, que requieran usar capacidades superiores del intelecto y no sólo la memoria de corto plazo.
“Nuestro sistema educativo nacional –afirma mi amiga educadora– es anárquico, mal organizado y propenso a crear espectaculares fraudes. Un ejemplo: los programas que se planifican entre ‘expertos’ que no han logrado integrar al educando y su realidad cotidiana con el resto de los acontecimientos que se dan a nivel nacional e internacional”. Dan también testimonio de estas aseveraciones los maestros normalistas, uno de los grupos más golpeados (con los trabajadores del campo) por la represión. Las Normales rurales, precisamente, donde se educan hijos de campesinos, cuentan (en por lo menos tres décadas) innumerables desaparecidos, lesionados, encarcelados y perseguidos.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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