Alma Gloria Chávez
Maternidad adolescente
Viernes 8 de Mayo de 2015

“En muchos lugares del país resulta una realidad dolorosa el aumento de embarazos en menores de entre 11 y 13 años”.

Datos de Mex-Fam

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Aunque el término “derechos sexuales y reproductivos” resulte de reciente factura, aún para mujeres de países denominados “en vías de desarrollo”, queda bastante claro el hecho de que mientras a una mujer se le coarte su derecho al conocimiento, a informarse y a decidir, la vida de su familia, de su comunidad y de la nación en que habita permanecerá como el agua estancada… tomando en cuenta de que el agua estancada provoca enfermedad.
Es en México donde actualmente se está detectando un alarmante crecimiento de casos de adolescentes que viven embarazos no deseados y a temprana edad. “La salud reproductiva de las adolescentes mexicanas va en retroceso, en especial en las zonas más pobres del país”, mencionan profesionales de la salud. Y proporcionan cifras: “El embarazo adolescente se concentra en los estratos bajos (74 por ciento), en mujeres con menor escolaridad y mayoritariamente rurales”. A lo que agregan investigadores de El Colegio de México: “Si se ampliaran las opciones de vida, si hubiese acceso a mayor escolaridad, más oportunidades de trabajo extradoméstico y menor sometimiento femenino, la edad de la unión conyugal y del primer embarazo se pospondrían y disminuirían los embarazos adolescentes”.
Otros datos, que pasan desapercibidos entre análisis y estadísticas, son los que proporcionan organizaciones feministas, que mediante campañas informativas, talleres y todo tipo de estrategias independientes, realizan trabajos continuos de educación en derechos sexuales y reproductivos: “El retroceso que tenemos para que nuestros adolescentes obtengan información confiable para conocer lo que implica ejercitar con responsabilidad estos derechos, data de los años de gobierno del PAN, que declinó los servicios de salud en el sector público disminuyendo el presupuesto para la salud reproductiva y la educación sexual y desapareciendo las campañas preventivas en los medios de comunicación”.
El año 2014, por ejemplo, la Red de Derechos Sexuales y Reproductivos en México exigió a la Secretaría de Gobernación y al Consejo Nacional de Población (Conapo) “abandonar su indiferencia” ante la problemática de embarazos entre adolescentes y otros riesgos para este sector. Esta red se basa en datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía que en 2012 detectaba once mil niñas de entre diez y catorce años ejerciendo una maternidad no decidida.
“La realidad sexual y reproductiva de las jóvenes mexicanas es muy preocupante: una de cada dos adolescentes, de doce a 19 años que inicia vida sexual se embaraza, según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición 2012, del Instituto Nacional de Salud Pública”, señala la red en un documento entregado a la Secretaría General del Consejo Nacional de Población. Y a esta realidad podemos añadir el agravante de que muchas de estas niñas resultan contagiadas de enfermedades o infecciones de transmisión sexual. En encabezado de una nota reciente, aparecida en un semanario de circulación nacional, se lee: “Quintana Roo, primer lugar nacional en embarazos de adolescentes. Inician vida sexual entre los once y trece años”.
Resulta verdaderamente trágico que entre las medidas que se proponen para incidir en los embarazos de adolescentes, se encuentre la de incluir, en la nueva Ley de Población, “la obligatoriedad hacia los médicos, para que den aviso a las autoridades (en este caso al Ministerio Público) cuando atiendan a niñas embarazadas. Trágico, porque son las mismas autoridades (de cualquier instancia) quienes no han tomado con seriedad y de manera prioritaria y permanente el deber que tienen de atender el problema, basado, sobre todo, en el derecho que tiene todo adolescente de conocer su organismo, su funcionamiento y el cuidado que de él se tenga, mediante una educación científica, informada e integral, basada en el respeto y el amor por una/o misma/o.
En mi localidad, luego de algunos intentos que tuvimos (como asociación promotora de derechos humanos) de realizar campañas de información entre adolescentes en escuelas donde se detectaban embarazos, hostigamiento y violencia sexual, pudimos darnos cuenta del casi general desinterés que existe entre los mismos maestros/as para dar atención a esta problemática. Todavía ahora, después de casi dos lustros de esas experiencias y habiéndose creado distintas instancias que por lo menos llevan estadísticas de estos casos, no puedo asegurar que algo haya cambiado significativamente.
Por algunas historias que conozco de primera mano, continúo percibiendo el daño que sufre la joven que no decidió ser madre, pero que ya lo es: una de ellas, se refiere a su hijo como si fuera un objeto estorboso… a pesar de haber acudido a “terapia”. Y luego vienen los “daños colaterales”: algunas familias llegan a adoptar actitudes tan encontradas como las que asumen la situación considerándola un castigo y viven una especie de duelo permanente; otras estigmatizan o repudian a la joven madre y al recién nacido, echándoles del hogar “para que se las arreglen como puedan” u obligando a la parturienta a realizar la mayoría de las tareas del hogar, aún las más pesadas. Pero también hay quienes de plano adoptan al hijo/a de la joven y la obligan (o convencen) a considerarlo/a como un hermano o hermana, provocando en la joven mujer-madre una tremenda confusión de sentimientos que un día llegan a explotar. Cualquiera de estos casos, obviamente, termina por afectar la salud mental de quien se vea involucrado/a.
Pero también conocemos casos de jóvenes que son obligados a contraer matrimonio luego del embarazo y casi todos viven relaciones violentas. O de chicas que abandonan a sus criaturas y en el intento de “rehacer sus vidas” terminan con otro o más hijos de varias parejas. En fin… al parecer, todavía hay mucho qué hacer. Además de los festejos que rodean a la maternidad (en un solo día), la exigencia apremiante es atender, de manera responsable, la educación integral que toda/o joven requiere como garantía para tomar las mejores decisiones en su vida.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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