Alma Gloria Chávez
“Fue niña”
Viernes 10 de Abril de 2015
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En la vida cotidiana de casi todos los tiempos, se conjugan y refuerzan las desigualdades de género. No por ello dejaremos de festejar a mujeres como nuestra inolvidable Gertrudis.
La noticia del nacimiento de una criatura, acontecimiento que pudiera -piensa una- llenar de felicidad a su familia, más bien llega a entristecer o enfurecer a quienes, educados en la cultura “tradicionalista” y patriarcal, saben que ese ser, recién llegado al mundo, es del sexo femenino: “Fue niña”, se escucha expresar con desaliento a varios/as de la parentela.
A muchas mujeres igual nos entristece, en esta época de tanta información, conocer la situación que viven millones de mujeres en el mundo, quienes desde su nacimiento resultan repudiadas por sus mismas madres. En lugares del Medio Oriente, por ejemplo, cuando una niña nace, su padre primero y otros miembros de la familia después, muestran su desacuerdo con llantos y gritos de dolor, al recibir una hija. Y seguramente para nadie es desconocido cómo en poblaciones rurales e indígenas de México y el mundo, algunas pequeñas son literalmente vendidas o comprometidas a quien pueda aportar algo a la magra economía familiar.
En todas las épocas de nuestra historia (escrita, además, por varones), la presencia de la mujer resulta minimizada, casi desvanecida, porque se ha visto cómo al permitir la libre expresión de cualquier mujer que viva de manera auténtica, se corre el riesgo de “desestabilizar el orden social y simbólico de género, revolucionar las relaciones y cuestionar el poder sexista” que no es cualquier cosa. Todos/as quienes fincan su poder en la subordinación de las mujeres, temen su autonomía y cultivan el miedo o la desconfianza en torno de ella.
“El miedo es aliado del poder” -afirman conocedores del tema-, porque el miedo estructura relaciones sociales, justifica la violencia, busca chivos expiatorios, convierte amenazas imaginarias en fuente de males imaginados o reales e impulsa reacciones colectivas de desprecio, burla o denuncia tácita contra quien se encuentra “fuera de lugar”.
No somos ajenas/os al hecho de que la presencia y participación femenina en los devenires nacionales implica la conciencia de más desconocimientos que conocimientos. Porque pareciera que intencionalmente la figura femenina estuviera distorsionada y sus realidades cotidianas, sus concepciones de vida y sus luchas, estuvieran ajustadas al patrón inspirador de la historiografía oficial, que exalta sólo a quienes enmarcan a un personaje masculino (como esposas, madres o amantes) y excluyen a las sustentadoras de una acción común y de un proyecto naturalmente cotidiano y posible.
Dicen algunas historiadoras contemporáneas, que el modelo histórico que se nos ha ofrecido –y no sólo en México- acerca de “lo femenino”, es como un espejismo, un “deber ser” que nos enajena y aleja de nuestras realidades y también de nuestras opciones. Emoción, instinto, intuición, se nos endilgan sin permitirnos aceptar que una mujer también puede practicar la reflexión, el análisis, la crítica constructiva y la toma de decisiones. Seguramente por ello, por no considerar natural el que una mujer decida y se exprese con autonomía, sociedades convencionales o conservadoras, temen atacan y desprecian a quienes salen del modelo aceptado.
“El ideal es que hombres y mujeres dejen de ser posibles personas completas, para moverse sólo en las capacidades asignadas a su género y ello ha representado una mutilación para todas/os”, dice Julia Tuñón Pablos, investigadora social, agregando enfática: “La mujer no es sólo biología, como el hombre no es sólo razón”.
Las anteriores consideraciones surgen a partir de un hecho que a 250 años de ocurrido, despierta cada vez más interés entre los acontecimientos históricos a ser festejados en la ciudad de Pátzcuaro, lugar de nacimiento de una niña que recibió por nombres María Gertrudis y apellidos Bocanegra de la Bega, y que gracias a las investigaciones históricas del doctor Moisés Guzmán Pérez, de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, hoy sabemos un poco más de ella y del entorno social en que transcurrió su existencia.
El Doctor en Historia Moisés Guzmán describe: “A lo largo de su vida, María Gertrudis tuvo que librar varias batallas: la primera de ella comenzó un 11 de abril del año 1765, cuando viera la luz en la ciudad de Pátzcuaro, siendo hija de padre español y madre mestiza de ascendencia indígena. Aunque no fue hija única, su condición de mujer y su herencia de raza representaban desventaja en una sociedad sexista y estamental que prácticamente clausuraba toda posibilidad de desarrollo para las mujeres de aquel tiempo; su destino era como el de toda mujer: ser monja y recluirse en la celda de un convento, o casarse para atender familia y labores del hogar.
Yo imagino a Gertrudis joven, escuchando esa vocecita que supongo todas/os llevamos en el interior, diciéndole que algo había qué hacer ante las injusticias que ella percibía y que no le permitían permanecer ecuánime ante lo que sus ojos observaban: el blanco español tenía todos los privilegios, a pesar de haber llegado a ocupar estas tierras privilegiadas, que eran casa y sustento de los llamados indios. ¿Era esta la voluntad divina?, se preguntaba.
Ya casada y con cinco hijas/os, surgió en varios rincones de la Nueva España el grito libertador contra las decisiones autoritarias del rey de España, y a pesar de los escasos medios de comunicación existentes, mujeres como doña Gertrudis, en Pátzcuaro, o doña María Luisa Martínez, en Erongarícuaro, sintieron vibrar con mayor fuerza la voz interior que les acicateaba, entendiendo que había llegado el momento de incorporar su energía a las de otros personajes que veían en la opresión el mayor impedimento para la realización plena del ser humano. Y se entregaron a la lucha independentista.
Doña Gertrudis Bocanegra fue una mujer de convicciones que vivió apasionadamente su tiempo. Fiel a sus principios, alentada por el sacrificio de su esposo e hijo, siguió los dictados de su corazón, entregándose de lleno a la causa libertaria y condenada por ello a ser pasada por las armas.
Muchas niñas, hoy día, viven enfrentando el mayor de los riesgos: ser ellas mismas.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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