Alma Gloria Chávez
Trabajadoras del hogar
Sábado 28 de Marzo de 2015

“En la actualidad, el trabajo doméstico ha estado vinculado con la esclavitud, el colonialismo y otras formas de servidumbre humana”.

Parlamentaria Claudia Anaya

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El trabajo que aún se denomina “doméstico” y que abarca todas las tareas que se realizan en el hogar (sin reconocimiento y a menudo sin retribución de ningún tipo), es el conjunto de actividades que se realizan de manera cotidiana y que garantizan el bienestar y el desarrollo de los/as integrantes de la familia. Contempla una amplia gama de labores para el cuidado y mantenimiento del hogar como son: elaboración de alimentos, limpieza y cuidado de la vivienda, de la ropa y calzado de cualquier miembro de la familia; compras, pagos y trámites, organización gerencial, entre otras; además se incluyen los cuidados de higiene y de salud de los integrantes de la familia, como la atención a niños, niñas, a personas enfermas, ancianas o discapacitadas, e influye en el equilibrio emocional-afectivo y en la socialización de los individuos.
Lo verdaderamente sorprendente es que a nivel mundial estas tareas, que van de lo más sencillo y elemental hasta las que requieren un cierto grado de especialización, recaen mayoritariamente en mujeres. Aun reconociendo que en las últimas décadas muchos hogares en que ambos padres de familia trabajan fuera de ellos y las actividades “domésticas” son realizadas de manera equitativa por todos los miembros que componen el núcleo familiar, existe un alto porcentaje de hogares que se apoyan en el trabajo de empleadas, quienes reciben una remuneración por realizarlo.
Años atrás, la empleada del hogar era la muchacha que salía de su pueblo y emigraba a la ciudad buscando cómo apoyar a su familia, pero ahora cada día vemos más amas de casa, empleadas de tiendas, secretarias y estudiantes que buscan ganarse unos centavos más para ayudar a la familia y no gastar tanto en alimentos, ropa y útiles escolares. Sin embargo y aún con la preparación que tengan, estas trabajadoras continúan como el blanco predilecto de la discriminación y muy alejadas de gozar de los derechos básicos que por ley les corresponden. Las “afortunadas” son aquellas que se encuentran con una empleadora que paga lo que establece la ley.
El trabajo de muchas mujeres, sobre todo de las que tienen poca educación escolarizada o que viven en hogares disfuncionales (padre o marido alcohólico) no termina nunca. Generalmente son ellas las primeras en levantarse por la mañana y las últimas en dormirse por la noche; soportan una carga doble: cuidan de su hogar y familia y trabajan fuera durante seis, ocho y hasta diez horas diarias por salarios bajísimos y sin ninguna prestación. Es un gremio excluido, lleno de historias de vida que dan cuenta de la situación de quien tiene la necesidad de emplearse en hogares ajenos.
Aquí en la región del Lago, conocemos a algunas mujeres aún jóvenes que desde niñas fueron “depositadas” o alquiladas en casas de familias de clase media o alta para hacer labores domésticas sencillas, que luego de un tiempo se transforman en jornadas de tiempo completo (lavar, planchar, zurcir, cocinar, barrer, trapear, cuidar bebés y hacer compras), sin percibir siquiera un salario mínimo y que, con frecuencia, los padres se encargaban de cobrar. Algunas no han llegado a saber cuánto se les pagaba, porque eran sus padres quienes con su salario les proveían de vez en cuando sólo de ropa y artículos para su aseo personal. Y cuando llegaban a enfermar, sus patrones las enviaban “de vacaciones” a sus casas, para que allá se recuperaran y así ellos se deslindaban de cualquier responsabilidad (incluso si quedaban embarazadas por alguno de los varones del hogar que las empleaba).
Emplearse en una casa representa, para muchas mujeres, salir de su vivienda a las 7:00 de la mañana (luego de preparar almuerzos o comidas para hijos/as, marido y a veces personas mayores) y regresar después de las 5:00 o 6:00 de la tarde. La faena doméstica puede no ser la misma, pero de rigor hay que lavar baños, utensilios de cocina, limpiar pisos, tender camas, asear recámaras, lavar algo de ropa, regar jardines, barrer banquetas o cocheras y recoger lo utilizado en la preparación de alimentos. Cuando pasan los años, es frecuente ver a mujeres del gremio, de mediana edad o ya mayores, que padecen dolores en la espalda y piernas; que tienen reumas, artritis, várices, enfermedades del riñón o por lo menos gastritis “por las traspasadas”. Algunas también terminan con hernias, luego de atención a enfermos de la familia para la que trabajan.
Sólo a partir de que grupos internacionales de mujeres organizadas propusieran, hace pocos lustros, que se instituyera el día 30 de marzo como el dedicado a las Trabajadoras del Servicio Doméstico, es que se han emitido algunas leyes tendientes a ofrecer protección contra abusos hacia estas personas que resultan invisibles para las sociedades de consumo, pero que le resultan indispensables para su desarrollo. Esta fecha, entonces, ha dejado al descubierto el menosprecio de una mayoría en nuestra sociedad hacia las actividades que se realizan en el hogar: el “trabajo sucio”, a decir de un conocido investigador y catedrático michoacano.
Esta conmemoración, que no surge como una fecha fácilmente comercializable, tiene entre sus objetivos promover, a través del conocimiento, defensa y ejercicio de los derechos humanos, la situación y problemática que viven las empleadas del hogar, con la convicción de que sólo con su participación activa pueden impulsarse iniciativas tendientes a facilitar la expresión organizada de sus intereses, en miras de mejorar sus condiciones de vida y fortalecer su presencia pública como sector social, además de incidir en la sociedad para que el trabajo del hogar (o “doméstico”) sea debidamente valorado, así como quienes lo atienden: mayoritariamente, mujeres.
Personalmente, me alegra conocer a quienes, antes de emplearse, ponen condiciones para el desarrollo de los trabajos a realizar: “Por dignidad… y por derecho”, me dijo una amiga de San Andrés Tziróndaro, que estudiando en la ciudad capital, se emplea por horas en algunos hogares realizando actividades que aminoran la carga de los quehaceres cotidianos. Para todas estas mujeres, trabajadoras del hogar, vaya nuestro reconocimiento y saludo respetuoso, así como para quienes sin emplear a nadie, los realizan “por puro amor”.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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