Julio Santoyo Guerrero
Conciencia de la responsabilidad cívica
Martes 17 de Marzo de 2015
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Hubo una época en que hablar de conciencia -conciencia social, conciencia política-, era ineludible para poder pensar en el cambio. Los problemas del mundo y de la nación no podían ser entendidos sin antes comprender el nivel de conciencia que alcanzaba un pueblo, que alcanzaban sus ciudadanos. Y es que el problema de la conciencia iba directo a cuestionar las creencias individuales, las rutinas justificatorias, los rituales más finos del poder que inoculados en las personas, apuntalaban eficazmente regímenes de espanto. Hablar de la conciencia era aludir a la responsabilidad de las personas de frente a sus creencias y a las consecuencias de ellas. Hablar de la conciencia era poner el dedo en la llaga: la responsabilidad personal frente al mundo, la irresponsabilidad propia ante la inacción, la complicidad de la persona por la inacción ante la injusticia.
No es que hoy pueda prescindirse el tema de la conciencia política, sólo buscamos por comodidad eludirla. Hoy se habla más sobre la responsabilidad de los políticos, y qué bien que se haga, ellos tienen la obligación de rendir cuentas ante la soberanía que los eligió. La nefasta idea de que los políticos deben estar por encima de todo y todos es ajena a la democracia que queremos y una ofensa al espíritu de rechazo histórico a una forma de hacer política que tanto daño nos ha causado. Pero no hablamos mucho de la responsabilidad ciudadana, de su conciencia y de su colaboración para que las cosas cambien sin que en realidad nada cambie.
Muy bien que la crítica pública fustigue a los malos políticos y propicie su enjuiciamiento y caída. Pero debiéramos tener presente que atrás de la carrera de todo mal político existen cientos o miles de ciudadanos que consintieron su trayectoria. No se hicieron por generación espontánea. No llegaron allí inesperadamente. ¿Cuántos ciudadanos eligieron a su candidato sabiendo que era un mal político y una mala persona? Lo hicieron porque era la propuesta de su partido, era la línea, era la disciplina que debía asumirse; o era el precio que debía pagarse por favores recibidos.
Para ser más precisos debemos decir que ante la tragedia mexicana no sólo han fallado los políticos, en la misma magnitud hemos fallado los ciudadanos. Fallamos porque hemos descuidado la formación de nuestra conciencia; porque no hemos tomado en nuestras manos el cuestionamiento de nuestras creencias políticas; porque callamos demasiado por miedo o conveniencia; porque no actuamos con oportunidad y contundencia; porque seguimos creyendo en un Estado paternalista que todo nos lo debe dar, incluso la dignidad ciudadana.
Por eso la partidocracia no ha dado pasos serios contra los corporativismos y los paternalismos, porque esas inercias ideológicas son altamente benéficas para truncar el desarrollo de una ciudadanía independiente. Mientras la ciudadanía no rompa con los vínculos de subordinación castrante y constituya una visión independiente sustentada en el ejercicio de sus derechos constitucionales, no romperemos el círculo vicioso de malos políticos y ciudadanos consentidores.
Cuando Michoacán fallecía ante la embestida criminal del narco, la imagen de tragedia que se reflejaba en las noticias diarias era aún más sombría por la inacción cívica. Mientras grupos de ciudadanos en algunas localidades, llevados al límite por el abandono del Estado, debían tomar las armas para defender sus vidas, a sus familias y su patrimonio, el resto de la ciudadanía se refugiaba en la soledad de sus casas. La protesta social masiva en la calles, como nunca justificada y necesaria, jamás llegó. Convocaba más un desfile de circo y la presentación de artistas que la defensa de la vida y el reclamo sobre la inseguridad.
El caso de Michoacán, por más cercano a nuestra realidad, ilustra con nitidez esa ausencia de iniciativa y conciencia cívica. Acostumbrados históricamente a la tradición caciquil y a la emergencia de personajes carismáticos y caudillescos nos hemos olvidado de la responsabilidad de nuestra conciencia y nos hemos privado de actuar esperando el milagro de que el cambio venga desde arriba.
Y preocupa que el 7 de junio, como no hemos cambiado esta realidad, ocurra que dejemos pasar la ocasión para afirmar la divergencia cívica y repitamos los vicios que propician nuestras conservadoras creencias. Que ocurra otra vez que queriendo saltar de la lumbre caigamos en las brasas.
Nos urge a todos los ciudadanos la formación de una conciencia independiente de las ideologizaciones de partido para poder exigir, proponer y participar. Nos urge la revisión autocrítica de las creencias que constituyen nuestra visión de la política, replantearnos la manera en cómo nos debemos relacionar con el poder; la manera en que participamos, la manera en que decidimos. Los políticos deben encontrar en los ciudadanos el contrapeso mayor a su locuaz voluntarismo y el referente inapelable de la representatividad, pero los ciudadanos deben aprender el ser de la ciudadanía, si no nada cambiará.

Sobre el autor
Julio Santoyo Guerrero Estudió Filosofía en la UMSNH Docente desde 1983 Analista en medios impresos y electrónicos desde 1988 Articulista fundador de Cambio de Michoacán desde 1992.
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