Ismael Acosta García
Sus implicaciones en la relación Estado-Iglesia en México
Sábado 7 de Marzo de 2015

Tendencias actuales del laicismo

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A raíz de mi artículo publicado por Cambio de Michoacán la semana pasada, con el título: “Estado, Iglesia, empresariado. Trilogía y triunvirato malditos”, recibí algunas opiniones que merecen que hablemos de dos temas complementarios por lo menos; uno, sobre “tendencias actuales del laicismo”; y otro, sobre “sus implicaciones en la relación Estado-Iglesia en México”, que incluirá la mención de religiosos y empresarios progresistas que en diversos momentos de la historia han dejado profunda huella de su compromiso social y espiritual a favor del desarrollo de los marginados de este país. Vamos pues con el primero de ellos:
Estado e Iglesia son creaciones magníficas del hombre. Representan, en lo social, a las dos fuerzas complementarias que hacen de él, el ser más perfecto que ha construido la naturaleza. Efectivamente, Estado e Iglesia son un constructo que expresa la vigencia de la dualidad universal. Pero la historia y el desarrollo de la civilización también nos dan cuenta de las grandes luchas que el hombre ha librado al pretender la prevalencia de alguno de esos dos elementos de la dualidad, cosa que explica, de algún modo, que las luchas más sangrientas hasta nuestros días han sido sin duda las fratricidas. De allí que la aspiración de los grandes pensadores que han construido los cimientos para el desarrollo de la humanidad, haya sido el encontrar la convergencia y el equilibrio de esas fuerzas a fin de lograr la felicidad del hombre, concepto al que algunos llaman la suprema verdad. Aspiración inalcanzable para el hombre, pero que nos incita a ir por ella a través del trabajo, del esfuerzo y del ejercicio pleno de las virtudes.
Para arribar a la felicidad, o a la verdad, sólo existen dos vías. Y cada principio reclama como propia una de ellas. Quienes aspiran a la felicidad, les es dado que lo hagan a partir de la fe. De la aceptación de “misterios” que tienen que ver con el sentido de la divinidad, y se expresan a través de prácticas y rituales de índole religioso a los que el creyente da valía plena, aún sabiendo que dicha felicidad la encontrará en “el más allá”, En tanto eso pasa, se construyen teorías filosófico-religiosas que pretenden dar sustento a las expresiones de la fe. Tales son los dogmas en que se funda la doctrina católica, por ejemplo: la transubstanciación del cuerpo y sangre de Cristo; la infalibilidad del Papa; la inmaculada concepción de la Virgen María, la genial creación de la teoría de la Trinidad, atribuida al “más ilustre de los padres de la Iglesia”, el gran maestro Agustín, obispo de Hipona. Todas ellas, teorías que no resisten el más mínimo análisis científico, ni siquiera del sentido común, porque no surgen del razonamiento común ni de los principios generales de la ciencia, sino del dogma.
Quienes aspiran al conocimiento de la verdad, les es dada la vía de la ciencia que inicia con la curiosidad, pasa por el sentido común y llega al nivel de la condición que distingue al hombre de los demás seres de la naturaleza, esa condición es el raciocinio. El conocimiento y la razón, son las herramientas base de la ciencia; el primero, se adquiere a través de los sentidos, y el segundo es la capacidad de abstracción que el hombre tiene para hacer del objeto conocido la reconstrucción de otro plano superior que hace evolucionar y perfeccionar la información originalmente recibida. Eso es el principio de la dialéctica universal que conocemos como: Nada se crea, nada se destruye, todo se transforma.
Encontramos entonces que la verdad no es otra cosa que el conocimiento de las cosas, la experiencia vivida, razonada y reconstruida por el sujeto. En el hecho humano a este principio le llamamos praxis social, que es el acuerdo que se da en la interrelación social, en ello se basa el origen de la norma jurídica a la que el gran maestro Juan Jacobo Rousseau llamó: “El contrato social”
Como podemos apreciar, entrarle a la reflexión del tema Estado –Iglesia, nos obliga a delimitar perfectamente dos campos: el de lo religioso y el de lo social; o como se interpreta en otro contexto de análisis: el de lo espiritual y el de lo temporal; lo que tiene que ver con lo individual y divino, y lo que tiene que ver con lo colectivo y terreno. Aunque ambas variables converjan en el mismo sujeto de estudio: el hombre.
No es fácil construir el concepto de Estado so pena de caer en imprecisiones e insuficiencias: Platón, lo conceptuaba como “una multitud de acciones y pasiones humanas difusas y discretas, en parte de carácter único y en parte que se repiten según ciertas reglas que se mantienen unidas mediante una idea, la creencia en normas que valen o que deben valer y en relación de poderes de hombres sobre hombres” . Sócrates, da el gran avance a la interpretación del Estado-ciudad, incorporándole el elemento de la acción política como una especie de arte para la vida del individuo; pero sin duda, cabe a Aristóteles, el privilegio de crear un tipo de ciencia política más semejante a la nuestra. Salió de la especulación metafísica del platonismo al campo de lo empírico. Y esto merece una singular atención, pues es ahí donde la teoría general del Estado finca los principios de diferencia con la polis helénica que esgrimía la unidad religiosa y política a la vez. La aportación aristotélica coincide con los inicios de la democratización de Atenas y de los estados-ciudades de Sicilia.
Ese es el antecedente de la Grecia clásica. Pero nosotros tenemos por construir un concepto moderno de Estado, y digamos, sin necesidad de acudir a puntuales aportaciones teóricas de todos los tratadistas que en diversas épocas de la humanidad han aportado para ello, que la teoría general del Estado es la ciencia de la realidad. Aspira a conocer la realidad específica de la vida civil que nos circunda; y toda ciencia es una ordenación y transformación de lo real en la mente. Por lo tanto, afirmamos, con la seguridad que nos da el manejo de los elementos de la ciencia que las cuestiones de la fe, no son materia de discusión del Estado; como no lo es que la política, herramienta fundamental del Estado, sea materia de discusión de la fe. Por eso, Cristo, sabedor de las grandes lecciones de los hombres de la Grecia clásica dijo: “Dad al césar lo que es del césar, y a dios lo que es de dios”.
Interferir entre ambas entidades no sólo afrenta a los principios del Estado y la política, sino también a los principios de la religión y la Iglesia. Transgrede el equilibrio que debe privilegiarse en toda relación humana.
Para la próxima entrega hablaremos sobre las relaciones Estado-Iglesia en México.
Es cuánto.

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