Ismael Acosta García
Estado, Iglesia, empresariado
Viernes 27 de Febrero de 2015

Trilogía y triunvirato malditos

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En días recientes y en torno al caso latente de Ayotzinapa, de nueva cuenta hacen su alianza infernal las tres instituciones que han sido el lastre histórico de México: Estado, Iglesia y empresariado. Puede usted, estimado lector, interpretar la propuesta de una trilogía, si estamos hablando del discurso o contenido esencial de cada una de las tres entidades a que me refiero; y de un triunvirato, cuando nos referimos a su forma de alianza de gobierno que implica acuerdos para controlar el escenario político, como tal ha sido el caso de estos primeros tres jinetes del Apocalipsis en nuestro país. Para el propósito de esta entrega, ambos conceptos son válidos, vamos, se complementan.
Tendremos que ubicar algún momento de nuestro devenir como nación para abordar el tema, y parece ser el más adecuado el momento mismo de la conclusión del movimiento de independencia cuyo origen ideológico tuvo como cuna las vetustas aulas de nuestro quiroguiano Colegio de San Nicolás. Si bien es cierto que la junta de esas diabólicas instituciones ya se daba de manera natural desde la Conquista española misma, también lo es que hasta septiembre de 1821, cuando surge el Imperio mexicano, es cuando nace la incipiente figura de Estado que nos identifica como tal, luego acreditada en el documento constitucional de 1824. Vale, pues, que partamos de ese año para entrarle a nuestro discurso de este fin de semana.
Desde la propia firma del Tratado del Plan de Iguala (oh, dramática coincidencia) mediante el cual Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero emitieron un pronunciamiento para la independencia de la América Septentrional (México), el astuto soldado vallisoletano defensor de la Corona española y enemigo jurado de Morelos dispuso un cuadro que le favorecía para imponer la creación del Imperio mexicano, primero, como jefe del Ejército Trigarante y posteriormente como Emperador de México coronado con el nombre de Agustín I. Los puntos fundamentales de esas tres garantías se referían a: 1. Establecer la independencia de México (Estado), significada por el color verde de su bandera; 2. Establecer la religión católica como única (Iglesia), significada por el color blanco; y 3. Establecer la unión de todas las clases sociales, (representadas por la aristocracia), significada por el color rojo del emblema. Maldita herencia. El día 21 de julio de 1822, Iturbide fue coronado en la Catedral de México como emperador, doblando la cerviz ante el arzobispo de México Pedro de Fonte. Previamente, en su proclamación, dijo: “Agustín, por la Divina Providencia, y por nombramiento del Congreso de representantes de la nación, emperador de México, juro por Dios y por los santos evangelios, que defenderé y conservaré la religión católica, apostólica y romana, sin permitir otra alguna en el imperio…”. Así es como el Estado mexicano desde sus albores como nación independiente, quedó ligado y sumiso a la jerarquía religiosa representada por la Iglesia de Roma, hasta los excepcionales momentos de la historia cuando Juárez y los Hombres de la Reforma lograron imponer la separación de la Iglesia y el Estado.
La vertiente del empresariado en este triunvirato viene también desde el momento en que Iturbide forma su gobierno nombrando una Junta Provisional Gubernativa conformada por miembros del clero y personajes ricos como los terratenientes y comerciantes y ningún insurgente. Durante su corto gobierno que corrió del 18 de mayo de 1822 al 19 de marzo de 1823 el país vivió un absolutismo y miseria que acarreó críticas del Congreso, el cual Iturbide disolvió para formar una junta nacional instituyente que fuera afín a sus aspiraciones dictatoriales. Contra ese nudo se estrellarían muchos proyectos políticos que fallaron en su operatividad, hasta que la reforma juarista vino a destruirlo con la nacionalización de los bienes del clero. El argumento de dicho grupo social, sin embargo, era una profecía que anticipaba lo que sucedió durante el porfiriato.
Esta historia se ha repetido en todos los momentos de nuestra evolución como nación independiente, si bien, como decíamos, es a partir del proceso de la Reforma cuando se construye el andamiaje de leyes del Estado mexicano, la verdad es que siempre estas entidades han formado el grupo hegemónico que detenta el poder político y económico de México. En el siglo XX, sólo hubo un breve periodo en que el gobierno fijó la rectoría del Estado nacional por sobre los otros dos poderes fácticos de referencia, que fueron los gobiernos surgidos de la Revolución de 1910 y hasta la conclusión del periodo de Lázaro Cárdenas en 1940. De nueva cuenta, y a partir de Ávila Camacho, la jerarquía católica y las familias monopólicas del país se apoderaron de los capitales nacionales y medios y modos de producción, aglutinando la riqueza nacional y el poder político en cada vez más pocas manos. Esta alianza maldita encontró su clímax durante el periodo de gobierno de Miguel de la Madrid y luego favorecida descomunalmente en el sexenio de Salinas de Gortari y los subsecuentes hasta nuestros días, que incluyen las retrógradas reformas constitucionales de 1992 y 2012-2014. Nada se mueve en el país que no haya sido antes convenido por el gobierno y las cúpulas y cópulas religiosas y empresariales hoy representadas preferentemente por la Iglesia católica y la Coparmex. De ese modo, violentan leyes; se confabulan para incidir grotescamente en los procesos electorales sin que nadie les diga nada; las instituciones estatales se convierten en serviles entidades a su servicio y el país navega en verdaderos océanos de incertidumbre, corrupción, depredación y pobreza.
Es el caso que, el día 26 de enero de 2015, al cumplirse cuatro meses de los homicidios y desapariciones de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa, Guerrero, el Estado mexicano, a través del procurador Jesús “El Cansado” Murillo Karam, vomitó impudicia al pretender dar carpetazo al caso señalando: “La verdad histórica de los hechos del 26 de septiembre en Iguala, es que los normalistas fueron privados de su libertad, ejecutados, calcinados, triturados y arrojados al Río San Juan”. Según el procurador, las investigaciones que los llevaron a esa conclusión “están validadas científicamente”. Finalmente mencionó que “no hay una sola evidencia de la participación del Ejército en los hechos”.
Luego, los representantes más nauseabundos de la Iglesia católica, como el obispo de Ecatepec Onésimo Cepeda, y el libanés Antonio Chedraui Tannous, arzobispo metropolitano de la Iglesia ortodoxa en México, famosos ambos por sus riquezas y poder materiales más que por sus bondades espirituales, protagonizaron el contraataque de una derecha clerical en apoyo a la tesis gubernamental de la sumisión frente a los sucesos de Ayotzinapa. Ambos se sumaron al “coro celestial” para criminalizar las protestas en Guerrero. “Es muy penoso, nunca debió ocurrir pero si los quieren vivos, no creo que estén vivos. Entonces es mejor pedir por ellos y no armar luchas violentas”, afirmó Cepeda, viejo amigo de Peña Nieto y ladrón confeso de obras de arte por más de 100 millones de pesos. “Si ya desaparecieron, ya desaparecieron”, sentenció.
Haciéndole coro, Chedraui, en su fastuosa celebración de su 83 cumpleaños, aprovechó para reiterar su condena al “vandalismo”, a “cerrar las calles”, porque esto “no hará que puedan recuperar a sus hijos, -refiriéndose a los padres de los de Ayotzinapa- porque son manipulados, no hay que aprovechar para hacer manifestaciones, cerrar caminos o realizar actos vandálicos, todo se resuelve con paciencia y diálogo”. Ni tardo ni perezoso Alberto Suárez Inda, en su primera incursión en el tinglado de los titiriteros, y ahora ya con la investidura cardenalicia, vociferó: “En el caso Ayotzinapa hay una cierta manipulación y una cierta tendencia política de intereses que se aprovechan del dolor de los padres de familia para provocar insurrecciones”. ¡Válgame Dios, diríamos! ¿Sabrá el Papa Francisco lo que ha hecho con este señor?
Y por último, Enrique Solana Sentíes, presidente de la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicios y Turismo, luego de la firma de un convenio entre el Consejo Coordinador Empresarial (CCE) y las secretarías de Marina y Defensa, afirmó: “Por ningún motivo permitiremos que se metan a los cuarteles, tengo mucha pena por lo que les pasó, pero no vamos a abrir todos los cuarteles del país porque quieren ver si están ahí o no los muchachos. Es meterse a las entrañas de la sociedad mexicana, la parte más íntima de nuestro ser”.
Sin palabras. De esa calaña es la trilogía y triunvirato malditos que ha llenado de oprobio y calamidad a la patria mexicana en lo momentos más tristes de nuestra historia. Pero, nada es para siempre.
¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!
Es cuánto.

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