Eduardo Nava Hernández
El terror y el gobierno que no nos merecemos
Jueves 26 de Febrero de 2015
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Con diferencia de horas, los medios y las redes sociales dieron difusión a dos declaraciones críticas hacia el gobierno mexicano que encabeza Enrique Peña Nieto. Como es públicamente conocido, el director mexicano Alejandro González Iñárritu, laureado como el mejor por la Academia estadounidense, al igual que su más reciente producción Birdman, como la Mejor Película del Año, dedicó su galardón a los mexicanos que vivimos aquí, por quienes deseó que pronto tengamos “el gobierno que nos merecemos”, y a los que viven en los Estados Unidos, a quienes solicitó sean tratados con la dignidad de respeto que los inmigrantes de otras naciones y de otras generaciones recibieron en ese país construido precisamente por la acción de quienes ahí llegaron a aportar su trabajo.
La segunda nota fue la difusión de un mensaje personal del Papa Francisco a su amigo Gustavo Vera, en la Argentina, quien le había informado del crecimiento del narcotráfico en el país rioplatense, en el que expresó su deseo de que su país natal no se mexicanice. Agregó ahí el patriarca católico que ha hablado con obispos mexicanos, quienes le han expresado que en este país “la cosa está de terror”. Si bien no se refiere ahí directamente al gobierno mexicano, es claro que Francisco tiene a través de sus propias fuentes de información una visión alternativa a la que oficialmente difunde aquél.
Que el PRI y el propio Peña Nieto dieran respuestas públicas al decir de González Iñárritu no es de extrañar, afirmando ambos que se construye aquí un mejor gobierno. Pero sí es atípico que el gobierno nacional quisiera convertir el comentario epistolar del jerarca vaticano en un incidente diplomático del que luego se desistió.
Ambas declaraciones, la del director y la del Papa, dan cuenta sin embargo de que la crisis moral del gobierno mexicano y la situación de emergencia que enfrentamos los mexicanos en nuestro propio país se han vuelto inocultables para propios y extraños. En una ulterior entrevista con la periodista Carmen Aristegui, González Iñárritu abundó: \"Yo creo que todos sentimos lo mismo, podemos estar en desacuerdo en muchas cosas los mexicanos, pero en algo que creo que todos coincidimos es en que las cosas deben cambiar de una vez para siempre. Creo que el nivel de insatisfacción, de injusticia, de corrupción, de impunidad ha llegado a niveles insoportables\". Por su parte, el pontífice dedicó a los mexicanos un mensaje en su homilía del miércoles 25 en la que dijo: “Envío un saludo especial al pueblo mexicano que sufre la desaparición de sus estudiantes y por tantos problemas parecidos, que nuestro corazón de hermanos esté cerca de ellos, orando en este momento”.
Y como colofón, el magnate estadounidense Donald Trump reaccionó ante el reconocimiento concedido al cineasta mexicano y ante el del fotógrafo Emmanuel Lubezki en la misma premiación expresando vía Twitter que era excesivo el protagonismo de los mexicanos porque “le están robando a Estados Unidos más que cualquier otro país”. Molesto por y con los galardonados, habría de coincidir en sus tuits con lo dicho por Iñárritu en relación con la corrupción en México: “Gané una demanda en el corrupto sistema de justicia de México, pero hasta ahora no la he podido cobrar. ¡No hagan negocios en México!”.
Corrupción, impunidad, injusticia, insatisfacción, entre otros, los conceptos que hoy por hoy nombran a México, además de otros como estancamiento, entreguismo, crimen, militarización, violencia y terror. Nunca las generaciones presentes habían vivido una situación tan grave y dramática en materia económica, política y de seguridad. Pocas veces la corrupción, el enriquecimiento ilícito y el tráfico de influencias del grupo en el mando del gobierno habían sido tan ostentosos e insultantes. Nunca los grupos delincuenciales habían alcanzado tanto poder y capacidad de penetración en las estructuras estatales.
El debilitamiento económico del aparato de Estado en las últimas tres décadas se ha traducido en la creciente limitación de su capacidad para regular los mercados y las relaciones entre las clases y grupos de la sociedad, y en consecuencia se ha impuesto la política del más fuerte, pero en medio no de un contexto de crecimiento y distribución de la riqueza, sino de estancamiento y concentración de ésta como en pocos periodos de la historia nacional.
La conformación de un Estado neo-oligárquico represivo está en marcha. La configuración de un esquema de poder político puesto al servicio de intereses ni siquiera formalmente democráticos ha avanzado vertiginosamente en el último periodo y se ha acentuado con el regreso del PRI al gobierno de la República. La represión deja de ser un recurso último para convertirse en la forma normal de ejercicio del poder, como lo han mostrado los casos de Tlatlaya, la Ley Bala de Puebla con su víctima fatal, el menor José Luis Tehuatlie, en San Bernardino Chalchihuapan, la criminalización de la protesta social en el Distrito Federal, la infiltración de provocadores en manifestaciones pacíficas para justificar la violencia policiaca, los hechos de Iguala, aún no esclarecidos, y muchos casos más de los cuales el más reciente es la represión con exceso de violencia por la Policía Federal a los profesores de la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación de Guerrero (CETEG) en Acapulco, este 24 de febrero, que ya costó la vida al menos al profesor Claudio Castillo Peña, jubilado de 65 años y afectado por la poliomielitis, así como lesiones y cárcel a varias decenas más de docentes.
El terror, así, no es ya patrimonio de los grupos delictivos sino un recurso estatal que tiende a generalizarse frente a la insurgencia social, particularmente la desencadenada por las reformas peñistas y los hechos de Iguala el 26 y 27 de septiembre pasados. Estamos frente a un gobierno no sólo divorciado de la mayoría de la sociedad sino acorralado por las evidencias de que ha ocultado y manipulado la verdad para encubrir lo que muy bien podrían ser crímenes de lesa humanidad en los que los propios órganos del Estado -en lo particular las Fuerzas Armadas- se encuentren involucrados. Frente a ello, responde con el ocultamiento de información, el armado de versiones oficiales (o “verdades históricas”) alejadas de toda probabilidad factual o científica, el encubrimiento de los altos responsables de la violencia estatal y la represión descarnada. ¿Hasta dónde están involucradas las corporaciones oficiales en la desaparición de los 22 mil mexicanos que el gobierno reconoce? ¿Hasta dónde en el asesinato de periodistas y de todo tipo de ciudadanos, antes presentados como “bajas colaterales” y de los cuales hoy simplemente no se dice nada?
Pero la violencia no puede sino conducir a la escalada de la inconformidad y la protesta social, como ya ha dado cuenta el caso Ayotzinapa-Iguala, generando nuevos episodios de represión y mayor descontento en un círculo infernal al que el sistema no busca dar salida. Hacia allá parece, hasta ahora, orientarse este gobierno “que no merecemos” en su rodada cuesta abajo que arrastra consigo al país en su conjunto.

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