Hugo Rangel Vargas
El legado de Castillo
Jueves 29 de Enero de 2015
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Después de un año y siete días de haber sido designado por el presidente de la República como comisionado para la Seguridad y el Desarrollo Integral de Michoacán, Alfredo Castillo Cervantes, ha dejado dicha encomienda apenas la semana pasada. Los ecos de su paso por la entidad han comenzado a sentirse en diversos planos, no únicamente vinculados a las funciones para las que fue creada la comisión que él encabezó, sino también en otras áreas de la vida pública de la entidad.
La dimisión del ex funcionario ha obedecido, a decir del secretario de Gobernación, al interés de no entorpecer el proceso electoral que ya está en marcha. Esta declaración literal de Osorio Chong representa un reconocimiento tácito de la incidencia de las labores de Castillo Cervantes sobre la actividad política de Michoacán.
Las permanentes confrontaciones de Castillo Cervantes con los funcionarios de la administración vallejista y la tensa relación del mismo con la clase política michoacana, en particular la de su propio partido; fueron el marco de su estancia al frente de la encomienda que le otorgara Enrique Peña Nieto en el estado.
La disputa tuvo diversos tonos, pasando por desencuentros con Jesús Reyna y Fausto Vallejo, así como por la marginación de estos dos ex gobernadores de decisiones importantes, hasta el encarcelamiento del primero y del hijo del segundo. Al final del balance, la operación del ex comisionado dejó como primer damnificado la imagen pública del PRI y la unidad de dicho partido.
Al paso de siete días de la salida de Castillo de la entidad, la crisis al interior del tricolor ha comenzado a evidenciarse por dos flancos claramente abiertos: el primero el de los transportistas afines a José Trinidad Martínez Pasalagua, quien fuera encarcelado durante la estancia del funcionario federal en la entidad; y el segundo, desde uno de los cuadros políticos cercanos a Vallejo Figueroa en Morelia, Carlos Río, a quien la dirigencia estatal del PRI ha cerrado el paso a sus aspiraciones a la alcaldía de la capital michoacana.
Indudablemente las consecuencias de la hecatombe que significó Castillo Cervantes para la clase política priista, aún no se pueden conmensurar completamente y resulta imposible pensar que no ocurra una labor política de contención orquestada desde una esfera externa a la del priismo local; con todo y pese a ello, la filtración de rumores sobre el activismo político de Vallejo Figueroa y los encuentros del ex mandatario con personajes ajenos al PRI en pleno arranque del proceso electoral, son el cotilleo que alimenta el trance negativo por el que pasa el tricolor.
Detrás de los motivos del actuar de Castillo Cervantes y sus permanentes disputas con la clase política priista, permanecerá la duda. ¿Acaso el ex funcionario creía fervientemente en hacer cumplir el Estado de Derecho a pesar de sus filias?; entonces de ser un obcecado defensor de la legalidad, ¿por qué no actuó con la misma firmeza en el caso de los señalamientos que había en contra de algunos integrantes de las fuerzas rurales en la opinión pública y de los que se habían exhibido también videos junto a Servando Gómez?; o bien ¿Castillo Cervantes actuó sólo como un operador político de un relevo de lealtades al interior del priismo michoacano, dejando al frente del rumbo de dicho partido una nueva camada de líderes leales al grupo dominante en el priismo nacional?
Las dudas son puestas en el contexto de la añeja tradición histórica de un partido que fue fundado desde el poder y que conoce la operación política para sostenerse en él. Por lo pronto, parece un tanto irracional que Castillo haya violentado el principio maquiavélico que encomienda a un príncipe nuevo jamás desarmar a sus súbditos, ya que se “comienza a ofenderlos, probándoles desconfianza hacia ellos, ocasionando malquerencia hacia el príncipe”. A eso se expuso el comisionado y su legado está ahí, a la vista de los propios priistas.

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