José Padilla Alegre
El derecho y sus glosas
Los litigantes
Viernes 16 de Enero de 2015
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Los egresados de las escuelas y facultades de Derecho en el estado, tienen como campo de realización profesional a la administración pública y dentro de ella a la Procuraduría General de Justicia del Estado, al Poder Judicial, el que constituye un espacio natural ya que en todos los niveles tienen cabida los licenciados en Derecho y de manera particular quienes se dedican a la postulancia, lugar para plantear los procedimientos legales encomendados por sus clientes y a estos profesionistas se les conoce como litigantes.
La abogacía en Grecia, en una primera época estuvo encomendada a personas que, con sus conocimientos de oratoria causaban impacto ante el areópago -Colina de Ares, cercana a la Acrópolis de Atenas, en donde se resolvían los conflictos entre ciudadanos o entre estos y el estado -, o ante otros tribunales, pero posteriormente la abogacía empieza a adquirir forma de profesión y se señala a Pericles como el primer abogado de profesión.
En Roma, al principio, la defensa no se atribuía a profesionales sino que era consecuencia de la institución del patrono, pues el patrono estaba obligado a defender en juicio a sus clientes. La posterior complejidad de los derechos romanos, más evolucionados hizo necesaria la formación de técnicos que fueron a la vez grandes oradores y jurisconsultos. El foro adquirió su máximo esplendor durante la República, hasta el punto de que los pontífices eran elegidos entre los profesionales de la abogacía quienes se llegaron a organizar corporativamente en los Collegium Togatorum.
A los romanos se les exigía la edad de 17 años mínimos para ejercer la abogacía y Justiniano exigió que debían estudiar derecho no menos de cinco años.
En la época de los aztecas ya se contemplaba una figura similar, antes de la llegada de Colón los reyes aztecas tenían el derecho de hacer leyes y decretos ayudados por consejeros, grupos de personas generalmente ancianos, también había tribunales unitarios y colegiados.
Las partes se podían hacer acompañar y aconsejar de patronos llamados Tepantlatoani, quienes hablaban en favor del acusado, ayudaban a la gente, argüían, eran delegados, constantemente se paga por sus servicios; el buen procurador es bien entendido, hábil, sabio, cuidadoso, diligente, incansable, no entretiene las cosas, no es deshonesto, no es burlador, es recibidor de cosas en nombre ajeno, es cuidadoso de lo que se le encomienda, recibe excusas, enlaza, solicita, alega, se atreve, excusa a la gente, batalla, excede a otros, aventaja las cosas, causa enojo a la parte contraria, acude con el tributo de la gente, percibe la onceava parte, se paga.
En España, Alfonso “El Sabio” honró la profesión de los letrados y elevó la abogacía a oficio público estableciendo que nadie podía ejercerla sin previo examen aprobado por los magistrados seguido éste de un juramento que le comprometía al desempeño fiel y correcto de tal oficio y la inscripción de su nombre en la matrícula de los abogados (Sagaón Infante, biblio.juridicas.unam.mx/libros/2/00/41.pdf, consultado 15-I-15).
En México y América del Sur, desde la primera mitad del siglo XX, los abogados contamos con un decálogo del gran procesalista uruguayo Eduardo J. Couture, el que nos da lineamientos a seguir para los que tenemos formación en Derecho, el que establece: 1°) Estudia. El derecho se transforma constantemente. Si no sigues sus pasos, serás cada día un poco menos abogado. 2°) Piensa. El derecho se aprende estudiando, pero se ejerce pensando. 3°) Trabaja. La abogacía es una ardua fatiga puesta al servicio de la justicia. 4°) Lucha. Tu deber es luchar por el derecho: pero el día que encuentres en conflicto el derecho con la justicia, lucha por la justicia. 5°) Sé leal. Leal para con tu cliente, al que no debes abandonar hasta que comprendas que es digno de ti. Leal para con el adversario, aun cuando él sea desleal contigo. Leal para con el juez que ignora los hechos y debe confiar en lo que tú dices; y que, en cuanto al derecho, alguna que otra vez debe confiar en el que tú le invocas. 6°) Tolera. Tolerar la verdad ajena en la misma medida en que quieres que sea tolerada la tuya. 7°) Ten paciencia. El tiempo se venga de las cosas que se hacen sin su colaboración. 8°) Ten fe. Ten fe en el derecho, como el mejor instrumento para la convivencia humana; en la justicia, como destino normal del derecho; en la paz, como sustitutivo bondadoso de la justicia; y sobre todo, ten fe en la libertad sin la cual no hay derecho, ni justicia, ni paz. 9°) Olvida. La abogacía es una lucha de pasiones. Si en cada batalla fuera cargada tu alma de rencor, llegará un día en que la vida será imposible para ti. Concluido el combate, olvida tan pronto tu victoria como tu derrota. 10°) Ama a tu profesión. Trata de considerar la abogacía de tal manera que el día en que tu hijo te pida consejo sobre su destino, consideres un honor para ti proponerle que se haga abogado.
Parámetros del ejercicio profesional, observados sólo por una minoría, ya que existen litigantes que son una deshonra para el gremio, porque anteponen sus intereses al del cliente, ya que sólo se dedican a estarle sacando dinero sin gestionar en los asuntos, mismo que a su vez cuando instan, están queriendo sorprender a la autoridad; en otras ocasiones señalan domicilios falsos de la demandada para según ellos, llevar el procedimiento en rebeldía y obtiene con ello “victorias” pírricas, tomando en cuenta que el derecho de audiencia es un derecho fundamental y cuando se descubre su patraña con un amparo indirecto, se logra reencauzar el juicio mediante una comunicación personal y directa.
En materia de trabajo, la camaradería con la que se conducen un grupo de litigantes para con el personal de la Junta, nos hace presumir ausencia de seriedad la que llega a trascender a las resoluciones y por otra parte entre litigantes muchas de las veces “echan en medio al trabajador” es decir los abogados tienen arreglo entre ellos, para que quien patrocina al trabajador logre convencer a su cliente de que acepte cantidades muy por debajo de las que por ley le corresponden o incluso de las que establece el laudo, a cambio de recibir una cantidad de dinero del abogado patrono por ese “favor”, generalmente en asuntos de empresas líderes.
Otra práctica reprobable de los litigantes de asuntos laborales, es el protagonismo de los “profesionistas” ya que pese al interés del trabajador por concluir el asunto y con ello, recibir alguna cantidad de dinero que le permita aliviar alguna necesidad, resulta que el abogado se opone al convenio, para obtener una ganancia mayor en el asunto, dejando de lado la necesidad inmediata del trabajador.
Una más de las negligencias de los litigantes pero ahora en materia penal, lo es el pretender convertir en delitos todas las conductas de los seres humanos, así las cosas una servidumbre de paso, que debe resolverse en la vía civil, la plantean como un despojo ante el Ministerio Publico; un incumplimiento de contrato verbal de mutuo simple, lo hacen valer ante la representación social, como robo, abuso de confianza o fraude, con lo que eso importa para su cliente, gastos en la integración de una averiguación previa penal que si bien es cierto logran que se consigne, la misma una vez se somete al presunto responsable ante la autoridad jurisdiccional, cuando se combate el auto de formal prisión, por un delito inexistente, casi siempre se logra la libertad por falta de pruebas.
Otro error recurrente de los litigantes es acudir a la Comisión Estatal de los Derechos Humanos ya que pareciera que ésta es la panacea o el remedio a todos los males de la ciudadanía lo cual no es así, en atención a que el organismo autónomo si bien es cierto tiene un papel muy importante en el sistema jurídico de nuestro país, pero no son de su competencia todos los asuntos, pero sobre todo sólo emite recomendaciones en los supuestos en donde haya un menoscabo a los derechos fundamentales, la que no tiene fuerza de sentencia, por lo que la autoridad motivo de la recomendación puede dejar de cumplirla y no pasa nada, de ahí que el justiciable tiene que acudir a una instancia jurisdiccional y ya para eso ha transcurrido el plazo con el que contaba el ofendido, perdiendo con ello la oportunidad de acudir a una instancia que sí pueda obligar por la fuerza a que se cumpla con la sentencia.

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