Ismael Acosta García
Melchor Ocampo, reformador
Viernes 9 de Enero de 2015
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Registra la historia de la humanidad, de tiempo en tiempo, la aparición de individualidades insólitas, de grandeza acumulada, integradas por una suma de cualidades extraordinarias destinadas a cambiar el esquema de las cosas y a consumirse en su propia llama interior, después de haber iluminado el camino de los pueblos. A esa categoría humana pertenece Melchor Ocampo, a la categoría de los hombres libres que respiran luz, para orgullo de Michoacán y de México.
Hace dos siglos Melchor Ocampo vio la luz primera. Las generosas tierras del Oriente michoacano cultivaron en él su amor a la naturaleza y a sus hermanos. Fue un hombre que supo aprovechar las posibilidades que le brindó su protectora doña Francisca Xaviera Tapia para instruirse en los mejores centros educativos de la época. Cursó sus estudios secundarios y de bachillerato en el Seminario Tridentino de Valladolid cuyas corrientes del pensamiento dialéctico influyeron decididamente en su formación política y liberal. Luego de su paso por la Universidad Pontificia de México, se dirige a Europa, donde hace estudios avanzados sobre Filosofía y Botánica. Su andar por el viejo continente le permite frecuentar círculos de estudios científicos que le ponen a la mano de las doctrinas del positivismo francés y nutre su espíritu en las lecciones del liberalismo. Esa fue, en apretada síntesis, la fase formativa del Filósofo de la Reforma.
Vuelto a México, inicia su trajinar en la vida pública. Se distingue como excepcional tribuno en los debates del Congreso Federal y claro, en su rechazo a las claudicaciones disfrazadas de pactos y de alianzas, expresa: “Venimos aquí para establecer los principios y no para conciliar las conveniencias”. Qué ejemplar lección para los legisladores de hoy que en los espacios de los congresos federal y estatal han hecho de su representación popular la oportunidad para saciar intereses de partido y de pactos funestos (como el Pacto por México), más allá de los intereses y derechos esenciales que reclama un pueblo agraviado por los lastres sociales de la pobreza, la inseguridad y la corrupción.
Qué triste es ver que ante una política equivocada del gobierno federal para hacer frente al tenebroso mundo del hampa y la inseguridad que a plena luz del día vivimos en carne propia, ni el Ejecutivo ni el Congreso del Estado sean un verdadero contrapeso que garanticen los derechos fundamentales de los michoacanos. Digámoslo con palabra clara y sencilla: el gobierno federal, con la figura del comisionado para la Seguridad y Desarrollo Integral de Michoacán, ha violado flagrantemente la soberanía de nuestro estado, y lo peor de todo, no resuelve positivamente nada.
Qué grotesco y ridículo fue conocer, el 15 de diciembre pasado, la denuncia que un juez de primera instancia penal dirigiera al presidente del Supremo Tribunal de Justicia del Estado, en el que refiere las amenazas y levantamiento de que fue objeto por parte del director antisecuestros de la procuraduría estatal; casualmente, se trata del juez que ha tenido en sus manos tres de los casos en que el gobierno estatal y el comisionado han incriminado a autodefensas y ex funcionarios públicos que no son de su complacencia. Ya lo dijo alguien: “Juan Antonio Magaña de la Mora actúa más como meritorio del comisionado Castillo que como titular del Poder Judicial”. Escuchen, contra las declaraciones del comisionado que afirma que en Michoacán se ha abatido significativamente la inseguridad y la comisión de delitos, están los informes proporcionados por el Sistema Nacional de Seguridad Pública que dicen que, en relación al 2013, en 2014 los homicidios dolosos se incrementaron en un 10.4 por ciento; los secuestros en un 4.5 por ciento y los robos en un tres por ciento, y eso no son sólo las declaraciones de dicho sistema, sino la apreciación que tenemos la gran mayoría de los ciudadanos de a pie. No hay avances en temas como la extorsión, el cobro de piso y la desarticulación de los grupos delincuenciales. En qué mundo kafkiano vivimos, en donde los luchadores sociales se encuentran tras las rejas de una cárcel y los delincuentes andan libres o enfundados en uniformes de policías.
En relación a los homicidios de jóvenes de Ciudad Hidalgo, de Tlatlaya, de Ayotzinapa y de La Ruana, estos son crímenes de Estado; y lo son, simplemente, porque quienes los cometieron fueron fuerzas policíacas y militares del Estado mexicano, cualesquiera que sean sus denominaciones. No nos dé temor decirlo. Lo que nos debe dar es pena y vergüenza de que en nuestra patria los jóvenes mueran a manos de las fuerzas públicas.
Amigas y amigos, Ocampo fue un verdadero reformador. Fue el constructor de un México de leyes, sustentado en los principios universales de libertad, de igualdad y de justicia. Nada justo tiene que en la actualidad más de 60 millones de pobres, 30 de ellos en pobreza extrema , sufran en su sustento diario las equivocaciones de las políticas económicas nacionales dictadas por órganos financieros de monopolios extranjeros globalizantes.
El grave deterioro del Sistema Educativo Nacional no garantiza el ideal de Ocampo que un día de enero de 1847 reabrió las puertas del Colegio de San Nicolás para que en él, dijo: “Con un carácter civil se formen las nuevas generaciones de profesionistas en el vasto campo de las ciencias modernas”. Hoy tenemos que, la educación pública de nuestro país, con su pretendida reforma, resiente la más brutal embestida del gobierno federal que ha ceñido el cinturón presupuestal para atender la demanda de los estudiantes pobres, privilegiando los grandes negocios de la educación privada y confesional. Deliberadamente la autoridad educativa ha venido mermando la fuerza del sistema público-laico y fomentando la creación de escuelas privadas que en su mayoría son religiosas, formadoras de los nuevos fundamentalistas y falangistas mexicanos. Recordemos que en Michoacán, durante el gobierno de Tinoco Rubí, se donaron extensos terrenos a organizaciones como el Tecnológico de Monterrey a los pederastas Legionarios de Cristo, para construir sus prósperos negocios-escuelas.
A semejanza de Morelos, Ocampo previó en sus leyes que la única distinción entre los hombres fuese la resultante entre el vicio y la virtud. Hoy, los virtuosos, los marginados, los del trabajo noble de la fábrica y el campo, han vuelto a ser los esclavos de la pobreza y del juego malévolo de los acaparadores transnacionales gracias a las contrarreformas laboral y energética que impulsadas por el gobierno federal han puesto en venta la riqueza de la nación a favor de capitales extranjeros. Ese es el verdadero sentido de las reformas estructurales.
Ahora que iniciamos un nuevo proceso electoral en nuestro estado, las fuerzas reaccionarias que en aquella época perdieron el poder económico, político y social, acechan de nuevo. Estas fuerzas regresivas, criminalizando la lucha social y sin el menor recato, se han pronunciado por reglamentar las manifestaciones civiles. Nosotros, simplemente les decimos que, si los gobiernos estuviesen cumpliendo con sus obligaciones, la ciudadanía no tendría necesidad de salir a manifestarse. Nunca, nadie, estaremos de acuerdo en violentar los derechos de terceros, pero con esas iniciativas estamos volviendo a la época más degradante de la represión en México, a un Estado fascista.
Este año avizora una fuerte competencia electoral, lamentablemente vivimos una descomposición manifiesta de los partidos políticos. Se han perdido los principios ideológicos que en el mejor de los casos sólo existen en sus documentos básicos. Los partidos han sido ampliamente rebasados, ya no responden a las demandas más sentidas de la sociedad. La praxis de la política partidista se ha tornado en una degradante pugna de intereses entre los grupos que les conforman.
México y Michoacán necesitan partidos fuertes, partidos que vuelvan a nutrirse de las necesidades que les plantea la sociedad civil. Hoy por hoy, la sociedad civil organizada es la expresión genuina del pueblo que garantiza una visión equilibrada de la realidad social en que vivimos.
Ocampo fue el reformador, fue el visionario que creó el México de las instituciones, el México de la vigencia de las leyes. Nunca empuñó la espada, pero tampoco concedió tregua a su pluma. Era el pensador, el filósofo. Era, como una idea en marcha, recta, inflexible, siempre al servicio de la nación. Los valores del mártir formaron su religión verdadera en cuyo centro figuraban la filantropía y la fraternidad. Ocampo, fue un masón de renombre universal.
Vuelto a la paz de su hacienda, el crimen acecha. Va a cobrarle en sangre lo que él ha dado en sudor y sufrimiento por su país. Decía de él, el gran nicolaita Ignacio Chávez, en su prosa poética y dulce: “Murió como un justo, sin un reproche, sin un temblor, presto al holocausto… los fusiles asesinos vaciaron su odio sobre él. Con saña inaudita le arrancaron la vida y para escarnecerlo lo colgaron de un árbol. El martirio fue su consagración, desde ese día es uno de los santos laicos de nuestra libertad”.
Desde esta tribuna envío un mensaje a José Manuel Mireles Valverde, a Hipólito Mora Chávez y a todas y todos los luchadores sociales presos, con la palabra del maestro José Martí, que decía: “La cárcel es vía, no término”.
Es cuánto.

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