Ismael Acosta García
El castillo del virrey Alfredo se derrumba
Sábado 20 de Diciembre de 2014
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Alfredo Castillo Cervantes es un personaje que ha dejado constancia de las más obscuras y grotescas conductas de la procuración de justicia en el Estado de México. Fue el responsable de la investigación sobre la desaparición y muerte de la niña Paulette Gebara Farah, y ocupó la titularidad de la procuraduría mexiquense a la renuncia de Alberto Bazbaz Sacal, provocada por el escándalo que generó la investigación y el dictamen del caso Paulette. Castillo Cervantes fue el primer funcionario en llegar al departamento de la familia Gebara Farah, el 22 de marzo de 2010, horas después de que los padres de Paulette la reportaran como desaparecida. Nueve días después de la desaparición de la menor, y aún cuando decenas de agentes, reporteros y familiares habían estado en la habitación donde después “apareció” el cuerpo de Paulette, el investigador en comento emitió el inverosímil y tétrico dictamen de que la muerte de la niña se había dado por asfixia al estar cubierta por el colchón de su cama en la parte posterior. Esta versión fantasiosa es la que da la evidencia más clara de la trayectoria del hoy comisionado para la Seguridad y el Desarrollo Integral de Michoacán, que es considerado el guardián de Peña Nieto, dado los asuntos que le ha asignado el propio presidente de la República.
Pues en esta ocasión hemos llegado al colmo. No cabe ninguna duda que la conducta y actuar del comisionado Castillo es siniestra, temeraria y perversa. Siniestra porque, su hacer o dejar de hacer en Michoacán, siempre ha llevado la intención de causar daño a las personas que no son de su empatía. Tales son los casos de José Manuel Mireles Valverde e Hipólito Mora Chávez (sin mencionar a los que tienen que ver con asuntos administrativos y a quienes les ha inventado un cúmulo de delitos). A Mireles, quien desde un primer momento no se sujetó a sus funestas intenciones, lo detuvo mediante un operativo de 700 hombres y le imputó una serie de delitos como lo fue en su momento el sembrarle una supuesta posesión de droga y varias armas de uso reservado al Ejército. Sólo en una mente obtusa se puede concebir que una sola persona pueda portar en un momento dado el arsenal del que se acusó al doctor Mireles, cuando que todo el mundo supo que el “arma” que portaba el médico en el momento de su aprehensión era una pierna de pollo en la mano. A Hipólito Mora lo mandó a la cárcel bajo la denuncia de una supuesta autoría intelectual del homicidio de dos personas que pertenecían al grupo de Luis Antonio Torres “El Americano”, mismos que por cierto contaban con antecedentes delincuenciales dentro del crimen organizado en la región de Apatzingán y Tepalcatepec. Luego lo dejó libre, pero le impuso la condición de incorporarse al ilegal grupo armado denominado Fuerza Rural como comandante de un agrupamiento, garlito en el que inocentemente cayó el ingeniero Hipólito. Hoy, cuando éste ya no le era útil, y que además tuvo el atrevimiento de denunciarlo públicamente en cuanto a que “su estrategia de seguridad en Michoacán son puras chingaderas y cualquier delincuente puede andar en los caminos armado hasta los dientes sin que nadie lo detenga”, vino la respuesta siniestra del virrey Castillo permitiendo que su brazo armado preferido, el de “El Americano”, lo agrediera en una acción que era previsible por todos quienes están al tanto de esta situación en el estado. Todavía, en el extremo de su cinismo, el comisionado se atrevió a opinar que la descomunal agresión “era producto de una vieja rencilla entre los involucrados”, cosa que el mismo Luis Antonio Torres echó por tierra al afirmar que “nosotros sólo contestamos a la agresión de la Gendarmería”.
La conducta temeraria de Castillo lo es porque, sabiendo de la intención de “El Americano” de atacar en el momento oportuno a Hipólito y sus fuerzas, con desprecio manifiesto ignoró las peticiones de apoyo de éste para fortalecer el cuidado de la comunidad de La Ruana ante los constantes ataques y amenazas de Luis Antonio, lo cual puso en concreto peligro la vida y la integridad de los hombres de Hipólito Mora, con los trágicos resultados que hoy conocemos y la dramática muerte de seis de sus compañeros, incluido su hijo Manuel.
Ante esta conducta perversa, es éticamente obligado no permanecer callados. Este señor ha venido a Michoacán impuesto por Peña Nieto a poner de rodillas a las instituciones del estado. Es verdaderamente triste observar la conducta de una Legislatura sumisa y domesticada ante los arrebatos del virrey. De la diputación priista nada bueno puede esperarse, pues no hay acción u omisión de Castillo que no sea defendida supinamente por ellos; pero lo increíble es la conducta anodina de una oposición panista y perredista que no ha levantado la voz en defensa del pueblo que dicen representar. Caso de excepción es el de la diputada Selene Vázquez Alatorre, que con su conducta ha dado lecciones de dignidad y honradez política en esta etapa negra de la historia de Michoacán.
Alfredo Castillo, per se o a través de sus funcionarios traídos del Estado de México, se ha convertido, en lo penal, en acusador, ministerio público y juez, a la vez; ahí está la inédita e increíble denuncia de hechos que presentó un juez de la judicatura local en contra de ese nefasto grupo. En lo administrativo, ha transgredido frecuentemente las funciones y figura legal del Ejecutivo del Estado, lo mismo dispone del ejercicio de las finanzas estatales, que ordena o cancela la ejecución de acciones de las entidades de la administración pública estatal.
Ya estuvo bueno de falacias, de montajes televisivos, de agresiones, de discursos demagógicos y extorsiones. Michoacán no lo merece. Estamos invadidos de elementos y sicarios de un nuevo cártel “institucional” bajo las órdenes del procurador Paulette. Es necesario levantar frente y voz con dignidad, y demostrarle a Peña Nieto, al país y al mundo que Michoacán no es un estado de asesinos, como tampoco lo es de cobardes. Los michoacanos somos un pueblo de hombres trabajadores, estudiosos, nacionalistas, de luchadores sociales que han germinado todos los movimientos libertarios del pueblo de México. Somos mujeres y hombres ávidos de libertad y de justicia, que no requerimos redentores venidos de otras entidades verdaderamente nefastas y socialmente más degradadas que nosotros.
Ya hemos perdido el miedo. Sí, luego de los jóvenes asesinados en Ciudad Hidalgo, de los de Tlatlaya, de los de Ayotzinapa, de los de La Ruana y de los de tantos y tantos muertos por todo el territorio nacional a causa de las intervenciones de las fuerzas policiacas y militares del Estado mexicano, ¡ya hemos perdido el miedo!, para denunciar que estos crímenes son crímenes de Estado, simple y llanamente porque quienes los cometieron han sido fuerzas del Estado, aunque el virrey Castillo diga que “El Americano” había perdido su registro un día antes de la matanza de La Ruana.
Nosotros, los ciudadanos de a pie, sabemos que estamos expuestos a las acciones siniestras, temerarias y perversas de los malos gobernantes. Sobre todo de los provenientes de Atlacomulco. Si algo nos pasara, como a Mireles, como a Hipólito o los demás caídos, será porque el Estado y sus testaferros, con el abuso de su fuerza, demostraron ser más débiles que nosotros, ¡pero ya no les tenemos miedo!
¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!
¡Por un Michoacán libre, igualitario y fraterno!
Es cuánto.

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