Hugo Rangel Vargas
Michoacán es un desmadre
Viernes 19 de Diciembre de 2014
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No se trata de un ser humano cuyo carácter sea el de un calentano promedio. Tiene el arrojo y el temple; pero su sensibilidad está por encima de la de cualquier hombre que yo haya conocido en aquella región. De andar pausado, saludo franco y capaz de dar certidumbre en el apretón de manos; en ello finca quizá buena parte de su liderazgo, que ha logrado seducir la confianza no sólo de sus seguidores, sino de una parte de la opinión pública nacional e internacional.
Corría la mitad del mes de junio y el encuentro en la ciudad de Apatzingán daba pie a que fuera bajo la sombra de un árbol. El lenguaje sencillo de su charla abría paso a la conversación relajada de quien no tiene más pendiente que el de reclamar agua para aliviar el caluroso clima. El diálogo se interrumpía por repentinas llamadas que reflejaban la preocupación de un hombre de campo por el alimento para su ganado.
Una impotencia sin embargo seguía anidándose en la garganta de aquel hombre, misma que se acumulaba desde aquellos días de prisión injusta y que llegaban como recuerdo vivido en estampas de violencia que seguían retratándose en el Michoacán del día a día.
Antes de las despedidas, llovieron las peticiones de fotos de los asistentes, los saludos, las confesiones de admiración. La respuesta del ovacionado no se dejó esperar y el nudo en la garganta quebró su fortaleza y salieron unas lágrimas. “No soy Carlos Slim, no tengo dinero; pero quiero irme al cielo, aunque con todo este cariño ya estoy en él”, fueron palabras que hicieron silencio entre los oyentes, mismo que fue roto por la violencia de aplausos intempestivos.
Pasaron meses antes de que volviésemos a saber de él. El recuerdo de aquella sencillez brillante y de la claridad de su ideario y de sus batallas prevalecía, sin embargo, en la mente de todos quienes tuvimos ese encuentro.
La ola de crímenes, motivo por el cual aquel hombre y sus seguidores se levantaron en armas a inicios del 2013, siguió asolando al territorio michoacano en los meses subsecuentes. Las cifras abundan y dan cuenta de un año 2014 extremadamente violento y con un pico delincuencial nunca antes visto.
A lo anterior se suma el clima de ingobernabilidad y la crisis financiera que tiene a cientos de empresas al borde de la quiebra. Todo sumado da cuenta de un gobierno que no ha asumido un papel protagónico ni la iniciativa de dar frente a los problemas de tajo y sólo administrar la percepción de la ciudadanía sobre los mismos, a través de un burdo manejo mediático y de acciones espectaculares que no se reflejan en soluciones claras.
“Michoacán es un desmadre”, era el grito del reencuentro, la declaración pertinente a la que se enlazaba el sentir de los que estuvimos en Apatzingán aquellos días de junio, así como la de miles de michoacanos que contemplan cómo el futuro de la entidad se hace polvo en manos de una clase política que se pactó con intereses ajenos a la voluntad ciudadana y que se ha lavado la cara con un gobernador interino llegado de la lejanía de la vida académica.
“Michoacán es un desmadre”, como nunca en un medio nacional, en un hashtag, en una consigna callejera o en un “meme” viralizado en redes sociales, se había sintetizado de manera clara y sencilla la situación que vive la entidad. Frente a ello sobraban las declaraciones faraónicas, los discursos elaborados, las percepciones mediáticas administradas o la minimización de los problemas por parte de la clase política gobernante.
“Michoacán es un desmadre” y era Hipólito Mora quien lo declaraba. Era Hipólito Mora aquel calentando cortés, franco, amable y recio que conocí un día de junio. Es Hipólito Mora quien sigue palpitando con gritos de esperanza la conciencia de los michoacanos. Es Hipólito Mora a quien miles de fracasos acumulados, cientos de estrategias fallidas, decenas de medidas sin sentido y un sólo desgobierno le han cobrado el tesoro preciado de la vida de su hijo. Es Hipólito Mora, quien sin embargo puede dar vida a los anhelos de justicia de Michoacán.

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