Ismael Acosta García
Adrián Huerta, ¿candidato priista?
Viernes 12 de Diciembre de 2014
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Existe un trastorno de la personalidad que se identifica como narcisismo patológico, también llamado por los teóricos de la psicología como complejo mesiánico, en el que el sujeto piensa que es enviado por Dios o que es Dios mismo y viene o está para salvar al mundo. Este tipo de complejo suele ser el habitual entre líderes religiosos de todas las confesiones, de esos déspotas que trafican con la fe, que un día te manipulan y al siguiente también . De igual manera encontramos entre ellos a líderes políticos de ciertos momentos de la historia, tales son los casos de Hitler, en Alemania; Mussolini, en Italia; Salazar, en Portugal; Stalin, en la URSS; Franco, en España; Perón, en Argentina; Trujillo, en la República Dominicana; Somoza, en Nicaragua, y muchos otros más que se consideraron, desde diversas ideologías, redentores insustituibles. Su éxito político se ha sustentado en el poder de comunicar y de perseguir a sus críticos y opositores, desde la diatriba hasta el crimen, se distinguen por una profunda corrupción inseparable de la acumulación de poder. En resumen, los mesiánicos patológicos son aquellos que aun cuando pueden poseer una aguda inteligencia, ésta se halla obnubilada por una visión grandiosa de sí mismos y por su hambre de reconocimiento. Casos paradigmáticos en el México reciente los hemos tenido con Carlos Salinas de Gortari, con Vicente Fox, y hoy con el inefable (no por excelente o sutil, sino porque su personalidad no se puede explicar o describir con palabras) Enrique Peña Nieto, huésped distinguido de la casa blanca chilanguera. Los grandes oligarcas y empresarios del mundo son de esas características.
Este introductorio es necesario para referirme a la patética, cuando no estúpida, pretendida candidatura del empresario Adrián Huerta Leal a la gubernatura del estado por el PRI. Y no es que el señor no tenga el derecho ciudadano de hacerlo, sino por lo oprobioso que significaría en estos momentos una opción de esa catadura ante una sociedad miserablemente violentada.
El señor Huerta Leal, presidente de Coparmex en la entidad, representa a la organización patronal del país más identificada con las tendencias fascistas, falangistas y nazistas del entramado político actual. Sus orígenes están en una de las más oscuras etapas del México postrevolucionario representada por el sinarquismo de triste memoria. Una tendencia que fundada en el fanatismo religioso de sus iniciadores ha ido de la mano en el combate a la democracia y al laicismo del Estado mexicano. Tal es el caso de una connotada familia cuyo patriarca fue Salvador Abascal Infante, a la que me referiré no sin antes hacer la siguiente aclaración: En un foro empresarial realizado en la ciudad de Zamora, el día 3 de septiembre del presente año, y ante una audiencia mayoritariamente juvenil, Adrián Huerta hizo una historia de vida que inició por compartir que él “había dejado la escuela para hacer negocio, y en el camino -afirmó-, un día me llamó por teléfono José Carlos María Abascal Carranza, dirigente nacional de Coparmex, para hacerme presidente de los empresarios jóvenes de México”. De esa forma continuó el relato pero, lo sorprendente fue al afirmar que, “en mis visitas por todas las ciudades del país, lo primero que llegaba a hacer era acudir a los templos católicos y luego a realizar reuniones con los empresarios jóvenes. Nunca dejaré de reconocer a Carlos Abascal –enfatizó- como mi guía, tanto en la empresa como en mi vida personal”. Quizá para el lector inmediato esta confesión no le diga mucho, pero ahora me permitiré hacer algunas precisiones al respecto.
José Carlos María Abascal Carranza, fue el gurú del gabinete del presidente Vicente Fox, primero como secretario del Trabajo y luego de Gobernación. Un militante de las más radicales organizaciones católicas desde su niñez hasta llegar a ser connotado miembro de la organización ultraderechista y paramilitar conocida como El Yunque. Declarado converso de esa ideología religiosa (que nada de malo tiene), también lo fue toda la vida del fascismo de Mussolini, del falangismo de Franco y del nazismo hitleriano. Esto nos da una idea del personaje de que estamos hablando, pero veamos casos y actuaciones:
El 23 de octubre de 2005, en su homilía dominical, el cardenal Norberto Rivera afirmó que “los católicos no están obligados a respetar las disposiciones de ley que, desde su punto de vista, no sean acordes a la doctrina de la iglesia”. (Como siempre, en doble discurso, pretendiendo ignorar la validez de la religión en el ámbito de lo espiritual y la validez de la ley en el ámbito de lo temporal). Ni tardo ni perezoso, Abascal Carranza, para entonces secretario de Gobernación y a quien en artículo de la época llamé canciller y soldado de Dios, acudió en su auxilio para hacer una serie de manifestaciones que concluyeron en febrero de 2006 cuando, fuera de toda moral cristiana (pues olvidó el principio crístico de “dad al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios”), se expresó dentro del foro ético mundial (vaya paradojas) en el sentido de oficializar a la religión católica como la religión del Estado mexicano. Cínicamente pretendió ignorar que los estados, como tales, no tienen religión, y demostró su intolerancia frente a las demás expresiones religiosas que nos merecen todo nuestro respeto al, de plano, quererlas eliminar de un plumazo.
Si en privado este señor tenía todo el derecho de decir lo que le diera la gana, hay que recordar que en las tribunas de la República, esas actitudes le estaban vedadas, pues él actuaba como funcionario público, y lo más grave no es solamente que lo expresara y lo respaldara con recursos del poder público para promover la fe, sino que haya sido el mismo ministro del Interior quien emprendiera el ataque contra la democracia liberal. Ya antes, (lo escribió en su tesis de licenciatura), expresaba que: “El imperio de lo espiritual no puede más que someter al imperio del poder temporal. El laicismo es enemigo de la verdad, y el poder político debe disciplinarse siempre frente a los dictados de la Iglesia” . Luego, empeñado en emplear los altavoces de la responsabilidad pública al servicio de lo religioso, y hacer de esa dependencia una agencia de publicidad de la Iglesia, en sus promocionales afirmó que “el poder público ha de usar sus tribunas para publicitar las ventajas de la fe y las perdiciones del ateísmo”. Su blanco, lo expresó, “son los tres monstruos de la modernidad: la pérdida de la fe, la democracia y el laicismo. Quien desconoce a Dios es incapaz de discernir lo bueno de lo malo” . Me pregunto: ¿Sería que en la visión de Abascal, quienes desconocemos la experiencia de la fe salimos a la calle para escupir en la cara de los vecinos, a golpear niños y a matar a quienes nos vean feo? Ese era el notable discurso del sinarquista-yunquista que se confesaba como gran enemigo de la democracia, del liberalismo y del laicismo.
Este tipo de manifestaciones de intolerancia y de agresión al Estado laico, apuntan a regresarnos a la Edad Media y a convertir al México actual en un Estado confesional. Pésele a quien le pese, somos un Estado laico. La separación entre el Estado y la Iglesia es un elemento que cohesiona y da forma a la nación mexicana. Pero no es raro que personajes siniestros como Abascal se expresen pretendiendo poner a la supuesta ley de Dios por encima de la ley del Estado.
Pues ese soldado de Dios a que me refiero, es el gran líder e ideólogo de Adrián Huerta Leal, el pretendido candidato a la gubernatura del estado por el PRI. ¡Líbrenos Dios de que tal cosa suceda! Al rato, como en la filosofía sinarquista, y como lo hicieran los Abascal en Baja California Sur, va a querer terminar instalando la Ciudad de Dios en Michoacán. ¡Ya tenemos la Nueva Jerusalén!
Hoy, más que nunca, el gobierno de Michoacán requiere de un político de polendas, no de sujetos simplones que piensan que la administración pública se maneja igual que los negocios. La situación es de tal envergadura que requerimos que todos los partidos escojan a sus mejores mujeres y hombres; vamos, pues, estadistas comprobados que sepan cómo discurrir en políticas públicas y que oferten soluciones viables consensuadas a los problemas sociales que hoy tienen de rodillas al estado de Michoacán y al país. El horno no está para bollos. Necesitamos lo mejor de lo mejor, hablamos de política, no de negocios. No estamos para experimentos, ya mucho tenemos con amargas experiencias de empresarios en el poder como las del priista Eduardo Villaseñor, en Michoacán; del priista Tomás Yarrington, en Tamaulipas; de los priistas Moreira, en Coahuila; del priista Reynoso Femat, en Aguascalientes; del priista Eduardo Bours, en Sonora, del panista-perredista Salazar Mendiguchía, en Chiapas; del priista Andrés Granier, en Tabasco; y una serie de pretendidos mesías que con el argumento de que “ellos no necesitaban robar” dejaron las finanzas públicas de sus entidades literalmente en la calle y, en materia de manejo de Estado, en verdadero polvorín político imposible de resolver en el mediano plazo.
Por todo lo anterior, señor Adrián Huerta Leal, con el mayor amor cristiano le damos las gracias. Mejor continúe con sus negocios, vaya a sus confesionarios y a rendir pleitesía a sus gurús políticos como los tristemente célebres Abascal, de negra memoria en la genealogía política de los retardatarios de este país. Sus credenciales de íntimo amigo y acompañante del defenestrado Alfredo Castillo, así como su pretendida calidad de “experto en seguridad”, no son las características que reclama hoy día la grave situación de Michoacán. Ojalá su partido, que lo creo a buena fe, tenga la iluminación social y cívica, mas no divina, para impulsar a un verdadero político aún en esta época de vacas flacas. Que por ahí los tiene.
Es cuánto.

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