Rubí de María Gómez Campos
MeditacionesPosmodernas
Avatares de una feminista en el siglo XXI
Sábado 12 de Julio de 2008
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trata
aquí de hacer una denuncia de tipo penal o una queja administrativa (que por otra parte bien podría prosperar), sino de analizar los avances y obstáculos que aún quedan hasta lograr un orden de igualdad social, sólo hablaré de niveles en este ramillete de comentarios que seleccioné de los miles más que, en esta larga vida de feminista, he acumulado.
«A mí esas cosas, la verdad, me dan risa», dijo un asesor del gobernador -después de autorizar a dos subordinados varones a realizar estudios de postgrado y negar la autorización a una mujer para tomar un Diplomado de Género y Políticas Públicas (dos tardes de cada mes y el sábado, durante seis meses), con el argumento de no poder dejar la oficina sola- una vez que vio el título del temario y después de haber elogiado el nivel curricular de los capacitadores. Otro titular me contestó una vez a la exigencia de crear programas de apoyo a las mujeres: «No puedo crear programas para mujeres porque ¡eso implicaría discriminar a los hombres!» (mira qué inteligente me salió). No señor. Se llaman «acciones afirmativas» y no implican más que permitir y garantizar a todas las personas los mismos servicios que todos y todas pagamos con nuestros impuestos. La función de dichas acciones de justicia distributiva es precisamente corregir la visión desigual y la asimetría que caracteriza los programas gubernamentales.
Pero también es necesario modificar las mentalidades de quienes gobiernan, ya que desafortunadamente y por razón natural esta mentalidad también la comparten muchas otras personas de la sociedad. Respecto a los abusos y humillaciones casi infantiles que se conocieron recientemente contra una aspirante de bombera, he llegado a escuchar expresiones de un machismo soez que va desde el consabido: «Ella se lo buscó» (que remite la responsabilidad del hecho en la propia víctima), hasta el que manifiesta sin ambages su creencia en la ilegitimidad de tal aspiración: «¿No que quieren ser iguales que los hombres? Ahí está, no pueden y (viene la ratificación de lo que pregonando imponen) allí están chillando». En este caso tenemos que decir: Sí señor, queremos ser iguales a los hombres pero en la dignidad no en la abyección, porque sólo así lograremos ayudar al mundo para que los mismos hombres dejen de ser explotados, dominados y humillados unos a otros. Sólo midiendo la acción de ellos-entre-ellos con la sensibilidad de ellas (en tanto seres humanos todos) se puede corregir la deformada visión social que existe respecto a la dimensión de lo humano.
Un amigo comunista, que a veces no era tan tonto, me decía: «No queremos que todos se vistan de overol, sino que los obreros también puedan vestirse de traje». Las mujeres tampoco queremos la igualdad a costa de la dignidad; ni tampoco a costa de la libertad y de la fraternidad formuladas en el principio internacional de los derechos humanos. Pero si en el gobierno anterior, que ponía tanto empeño y compromiso real en atender las desigualdades sociales, se «cultivaron» tales «perlas», en el actual «se cuecen las mismas habas» sin que las mujeres tengamos ya ni siquiera la opción de una institución que atienda con respeto y proteja nuestros derechos. Por ejemplo, en Coecyt hay un funcionario que define como «rollos sesenteros» la redacción que utiliza un lenguaje incluyente al que están, y estamos, obligados todos y todas (aunque esta expresión no les guste a muchas personas; a algunos por enfado del uso excesivo que Fox hizo de la fórmula). La ignorancia petulante de esa expresión de machismo es casi tan insoportable como la de otro funcionario, éste de la Secretaría de la Mujer, que asegura con ingenua arrogancia (si consideramos la condición de mediocridad desde la que habla): «Todas las mujeres son unas estúpidas». Esto le dijo a una hábil empleada que enseguida le recordó, con mucha decencia, de qué sexo era su madre. Pero el colmo es otro funcionario de la misma institución que declaró a un medio, en forma falsa y burlona, que el programa de atención a hombres que ejercen violencia había mejorado porque ya no se reducía a «ser todos muy buena gente y orinar sentados»; en una sorprendente revelación pública de homofobia (además de crítica a la administración anterior, por parte de un gobierno que habla de mantener y defender la continuidad), inadmisible en un funcionario de esa institución. ¿Es la Secretaría de la Mujer o la secretaría del machismo? La estulticia de quien, ganando 40 mil pesos por trabajar por y para el avance de las mujeres (y gracias a ellas) se expresa así, no deja comentarios.
Las primeras estudiosas de estos temas de la relación desigual entre hombres y mujeres en nuestro país (Elena Urrutia, y otras académicas como Mercedes Barquet y María Luisa Tarrés) tuvieron que soportar cosas parecidas. Ellas cuentan que cuando comenzaron a reunirse en El Colegio de México para la conformación del PIEM -mismo que hoy (después de 20 años) continúa siendo solamente un programa, gracias seguramente a otros académicos que lo consideran también (y hacen todo lo posible para asegurarlo) un tema «sesentero» reducido a la preocupación de unas cuantas, sin siquiera darse cuenta de qué forma esos organismos son pioneros en el diseño de la sociedad por venir (en la que están incluidas sus hijas y sus descendientes)- los proyectos y programas planteados llegaban a su destino tachoneados en los temas de género. Florinda Riqueur (otra destacada académica feminista) contaba que a principios de los 80 presentó en «la Ibero» un proyecto de investigación que le fue aprobado por la instancia académica más alta. Pero cuando el proyecto le fue devuelto estaba tachado parte del nombre, que era «Teología feminista». La palabra tachada era precisamente «feminista».
Estos ejemplos demuestran que lo que es «sesentero» es el intento de censura y el vicio de eliminar la perspectiva incluyente en el uso del lenguaje al que, por cierto, están obligados todos los que laboran en el gobierno; ya que existen instancias y organismos de apoyo en la OEA para recibir quejas e instaurar procedimientos jurídicos que llegado el caso le implicarían recibir observaciones internacionales a nuestro país, por incumplimiento de los acuerdos que, en su momento, fueron firmados y ratificados por el Senado.
¿Qué nos queda a quienes elegimos hacer política feminista, frente a la ejecución de la acción institucional de la política oficial dentro del juego electoral? El amor a la vida y la pasión por la verdad.
Para terminar quiero referirme a la respuesta que tuvo otro funcionario de una administración anterior, éste presidente municipal, cuando le propuse crear una instancia de atención a la mujer: «El feminismo se terminó en los 70. Duró los 60 y 70 y se acabó» -dictaminó informado. Así es –respondí- como movimiento social. Durante esas dos décadas existió como movimiento social, y éste se terminó cuando el feminismo se volvió institución. Hoy, después de casi cinco décadas de lucha por parte de varias generaciones de mujeres, sabemos que el feminismo se volvió institución y que no fue una simple moda porque tenemos, además de referentes teóricos, instrumentos legales internacionales y organismos e instancias ejecutoras y revisoras, como el Instituto Nacional de las Mujeres o la Organización de Estados Americanos, para seguir avanzando. No estamos solas…

¿Qué nos queda a quienes elegimos hacer política feminista, frente a la ejecución de la acción institucional de la política oficial dentro del juego electoral? El amor a la vida y la pasión por la verdad

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