Hugo Rangel Vargas
EPN: La desproporción del derrumbe
Jueves 13 de Noviembre de 2014
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#RenunciaEPN, #DemandoTuRenunciaEPN, #YaMeCanse, #Articulo39RenunciaEPN; no sólo son las etiquetas de redes sociales que marcan una tendencia, sino que significan además los resquicios del talante de una opinión pública que escapa a los canales oficiales de desinformación, colocando a escala mundial el descontento nacional hacia el ejercicio de gobierno de Enrique Peña Nieto, mismo que había conseguido reflectores desproporcionados de la opinión pública internacional como el “gran reformador de la patria”.
Era el regalo de San Valentín para el hombre de Atlacomulco que se había instalado en la silla presidencial con el desproporcionado uso de recursos económicos durante su campaña. Atrás y disminuidos parecían los cuestionamientos de ilegitimidad de parte de la izquierda -que dicho sea de paso, un sector de ella ya había pactado con el presidente-. Era la portada de la revista Time dedicada a Enrique Peña Nieto con la leyenda “Salvando México”. La altura de las expectativas era en efecto también desproporcionada.
Peña Nieto era, a la luz de la opinión pública, el mandatario que había llegado al poder pactando incluso una reforma promulgada por su antecesor -la laboral-, y que había acordado una agenda con las fuerzas políticas, misma que sin embargo únicamente serviría de caja china a los cambios jurídicos verdaderamente prioritarios para la nueva administración. Ese era el preludio de una “nueva era” para el país.
Desmedido en su vorágine, el reformismo sin razón de Peña Nieto no se ha reflejado en la concreción del crecimiento económico, en la reducción de las tasas de desempleo, ni mucho menos en la mejora en las condiciones del mismo; panaceas ofrecidas, y ahora evaluables al menos, de la reforma laboral. Los datos son el reflejo cruel de un fracaso desproporcionado a sus expectativas, por ejemplo, el FMI corrigió recientemente la plana a la Secretaría de Hacienda en la expectativa de crecimiento ajustándola al 2.4 y no al 2.7 por ciento que preveía la dependencia; el desempleo en el tercer trimestre del 2014 creció en trece mil mexicanos en relación al mismo periodo del año pasado y la tasa de informalidad no cede de niveles cercanos al 60 por ciento.
Medidas en cifras, las crisis y las desgracias se hacen excesivamente frívolas. Stalin diría que un muerto es una tragedia, pero un millón una estadística. Hoy el monumento ya construido del fracaso del gobierno de Enrique Peña Nieto parece erigirse sobre la desgracia de 43 familias de los normalistas desaparecidos en Iguala, Guerrero; para catapultar a la opinión pública la verdadera desproporción del derrumbe de la fantasía redentora peñanietista.
Ayotzinapa es, en efecto, el catalizador de una catarsis y de una serie de contradicciones que se han acumulado y agudizado a raíz del regreso del priismo al poder presidencial. Subsumidas por el manejo mediático del “moderno PRI”, las múltiples crisis -de inseguridad, social, económica, ambiental, etcétera-, parecen haberse develado con la sangre de los normalistas ya caídos y de los que siguen ausentes.
Distante como siempre, la frivolidad palaciega de la encumbrada clase política ha mirado con desdén las tragedias cotidianas de los mexicanos, de las que merecen la atención de reportes estadísticos, tarjetas informativas y comunicados de prensa. Desfasada del dolor, desproporcionada en su reacción; la cúpula peñanietista, ante la exigencia de explicaciones, ha acatado a presentar respuestas frívolas como “ya me cansé” o “no es momento de hablar de Ayotzinapa”.
La clase política recién ascendida se encuentra desorientada al haber fracasado en su medición sobre el grado de complejidad de la sociedad a la que ahora gobierna y a la que debe dar cuentas. Sus palos de ciego se orientan a respuestas contra la quema de la puerta de Palacio Nacional, o a réplicas irrisorias sobre la escandalosa corrupción que esconde la propiedad de la familia presidencial llamada “La Casa Blanca”.
Pero el año electoral está por venir y con él llegarán nuevos escándalos. La cuota de sangre y dolor que ya pagó el pueblo mexicano quizá se logre olvidar, pero el régimen peñanietista parece derrumbarse desproporcionalmente a la frivolidad de sus reacciones; restará saber si la ciudadanía hace valer esa factura de manera definitiva.

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