Hugo Rangel Vargas
El momento de Goyo y los nicolaitas
Viernes 7 de Noviembre de 2014
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Un espíritu se yergue sobre Apatzingán y la Tierra Caliente de Michoacán. Sus brazos, sin ser el delta del Balsas o del Tepalcatepec, trazan desde lo hondo del suelo una vena que abastece de posibilidades ideológicas y de creatividad a aquellos hombres y mujeres que hicieron suya el ansia libertaria del decimonónico.
Sitio del enfrentamiento con realistas, trinchera de libertarios, fragua de la concepción de un país de iguales, cuna de irreverencias pero convocante al orden constitucional, Apatzingán ha reivindicado su lugar en la historia como epicentro de batallas que rompen tendencias. Era la América esclavizada, hoy es el México libre pero subyugado.
Morelos es el atrevimiento, el desdén al orden, la razón de la irreverencia, el simple y básico cuestionamiento a la sumisión; los ojos del mundo le voltearon un día su atención y él construyó una patria soberana que logró anular la esclavitud, así como instalar un orden constitucional impensable en una Colonia.
Era el cura de Carácuaro un nicolaita. Sus inquietudes intelectuales se habían acercado a las “violentas concepciones” del Estado y la sociedad, que forjaron los enciclopedistas franceses. El contrato social es la base de la legitimidad del poder público, y una vez violentado éste, sólo queda el derecho a la rebeldía. El virreinato estaba al borde del colapso, con diferencias sociales acrecentadas y en medio de una declarada guerra de extinción de “los diferentes”; era la coyuntura perfecta de la rebelión, y a la estatura de un hombre que decidió asumirla, el establishment le opuso una reconstitución falsa de los privilegios: Agustín de Iturbide, pretendido opositor de Morelos, fue la caricatura de cambio de régimen en el naciente país.
No es otro México ni diferentes las condiciones. Invocar a Morelos es inevitable, como ineludible es pensar en el Colegio de San Nicolás o en la Universalidad del debate jesuita que reta a cualquier dogma. Ahí se colocan ideas y plumas en la primera línea de la exposición, pero pocos deciden arriesgar la pelleja: símbolo inexpugnable de la condición humana, arriesgar la vida parece necesario para la transformación y la “misión evangélica” del Consejo Ciudadano Responsable de Impulsar el Sano Tejido del Orden Social (CCRISTOS).
Gregorio López Gerónimo ha llevado la penitencia de quien intenta (según el Evangelio de San Juan) “dar la vida por las ovejas”. Calentano en su hablar, osado en su actuar; el padre Goyo ha sido capaz de atraer sobre de sí los reflectores de una sociedad mediática acostumbrada al escándalo y a la inmolación de la personalidad a costa del contenido.
De andar irredento y sin la ortodoxia de quien convoca a los sacramentos sagrados del catolicismo, quizá sean figuras como la de él, o la del Papa Francisco, las que logren “reencauzar a las ovejas a la comunión” con el “etéreo espíritu de Dios”.
Resulta cierto que este hombre de fe ha colocado una ruta de reflexión sobre el verdadero sentido del cristianismo y el Estado. Restaurar los principios de Hobbes y Locke sobre el derecho a la rebeldía, e incluso reinvocar a Moro y Vasco de Quiroga, representan dinamita en potencia sobre los cimientos de un aparato institucional que en Michoacán se ha derruido.
A 200 años, un jesuita sobre los pasos del enorme Morelos, Gregorio López, el padre Goyo, ha decidido buscar a los nicolaitas con la franqueza emulada del cura de Carácuaro el próximo 10 de noviembre, a las 10:00 horas, en la Facultad de Economía. Ahí, Goyo podrá hablar con los nicolaitas del programa de los CCRISTOS, de la verdadera razón de la rebeldía calentana, de sus paralelismos con el legado de Morelos. Ahí, cuna del interinato del gobierno de Michoacán, Goyo desafiará a los preceptos de la ciencia política.
El destino no sabe lo que le depare a Goyo, pero algo sabemos sobre lo incomprensible de hombres talentosos, castigados en su tiempo y llevados a homenajes póstumos, cuya rebeldía vilipendiada reconocerá la historia. De momento, los nicolaitas, también ofendidos en su sentir por crímenes de sangre hacia universitarios y normalistas, le abren sus brazos al debate.

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