Ismael Acosta García
Ya no hay palabras, sólo indignación e impotencia
Viernes 24 de Octubre de 2014

Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma.

Julio Cortázar

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Este artículo se escribe el miércoles 22 de octubre, en las horas cuando los poderes de un país que asesina a sus hijos, en aberrante y perversa convocatoria, se reúnen para celebrar el Bicentenario de la Promulgación de la Constitución de Apatzingán en el corazón mismo de esa población en la que el Congreso Constituyente de 1814 recibiera el documento elaborado por Morelos conocido como Sentimientos de la Nación, y que decía, entre otras sentencias, las siguientes: “Que como la buena ley es superior a todo hombre, las que dicte nuestro Congreso deben ser tales que obliguen a constancia y patriotismo, moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte aumenten el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, alejándole de la ignorancia, la rapiña y el hurto”. La noche anterior a que se inauguraran los trabajos del Congreso que inició en Chilpancingo el 13 de septiembre de 1813, Morelos leyó a Quintana Roo el esbozo de su utopía personal: “Quiero –decía- que hagamos la declaración de que no hay otra nobleza más que la de la virtud, el saber, el patriotismo y la caridad; que todos somos iguales, pues del mismo origen procedemos; que no haya privilegios ni esclavos, pues el color de la cara no cambia el del corazón ni el del pensamiento; que se eduque a los hijos del labrador y del barretero como a los del más rico hacendado; que todo el que se queje con justicia, tenga un tribunal que lo escuche, lo ampare y lo defienda contra el fuerte y el arbitrario…”.
Asistí puntual al Jardín Morelos, donde nos dimos cita organizaciones de la sociedad civil, trabajadores, estudiantes, maestros y ciudadanos anónimos, mujeres y hombres, jóvenes y viejos, niños entre ellos, que ya estamos hasta la madre de la ignominia que los tres órdenes de gobierno en la República están cometiendo contra todos los mexicanos por su incapacidad para gobernar y por no decirnos qué pasa con los 43 estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos desde el 26 de septiembre pasado. El contingente fue enorme, como en muchas partes del país y del mundo, donde se replicó el fin y la acción. Fue una expresión emergente de una sociedad agraviada. Contrario a los primeros días, hoy hubo pocas consignas, pocas palabras. Noté en los semblantes de los que estuvimos juntos una enorme indignación y reprimida impotencia. Es evidente que el dolor ha comenzado a hacer mella en el espíritu de quienes no podemos ocultar el enojo que causa el no saber nada de los jóvenes estudiantes que bien pudieron ser nuestros hijos o nuestros hermanos. El coraje acumulado ha desbordado el alma y las palabras faltan para gritarlo como el corazón lo siente. Sólo los estudiantes de Odontología y de Medicina que, encaramados sobre el Monumento a Morelos, levantan cartulinas con sentidas leyendas y consignas juveniles denunciando, premonitoriamente, que la sangre de los mexicanos se está calentando de más y está a punto de estallar de entre sus venas. No hay perdón para los actos de odio. Hoy honran a los jóvenes que cumplían con su deber de educarse y es el modo más eficaz para estimular a los demás a que lo cumplan.
Hay expresiones y sentimientos que no se pueden expresar con palabras. Dolores, tristezas, enojos, injusticias, angustias, aislamientos y pasiones, son tan personales, tan propias, tan viscerales, que volcarlas a palabras sería un modo de no representarlas cabalmente. Es cuando se hace necesario –me dice mi compañera Andrea- llevarlas a abrazos, a llantos, a gritos, a caminatas, pasarlas de cuerpo en cuerpo para darles una dimensión física. Encontrar otras formas de comunicarlas. Hacerlas de un modo que nos acerque a la ayuda, al encuentro, a la solidaridad, a la compañía. Por eso estamos aquí, juntos, casi callados.
El drama de la sangre tiene siempre más de un acto. La opulencia, la degradación de valores, la cobardía, la corrupción, el poder y el sentido inaudito de exterminio, todo ello se resume en un solo enunciado: poder político mexicano, ¿con qué derecho?
“¿De quién aprendimos a atormentar al prójimo y a humillar al mundo?”, preguntaba Galeano; ¿por qué el sufrimiento y sacrificio sanguinario de nuestros jóvenes normalistas?, me pregunto yo, -aunque mil veces no esté de acuerdo en sus formas de lucha-, si se supone que como humanos instrumentamos los procesos jurídico-sociales que nos hacen iguales ante la ley, como lo soñó Morelos. La humanidad empezará verdaderamente a merecer su nombre el día en que haya cesado la explotación del hombre por el hombre, y el día que las vilezas de nuestros gobernantes encuentren fosas más profundas que aquellas en las que han arrojado a nuestros muertos.
Pero unirnos el miércoles pasado fue un reconfortante sentimiento de esperanza, fue recordar a Cortázar cuando afirma: “Si no nos salvamos nosotros como pueblo, no nos salvaremos nunca”. Y es que, de vez en cuando, es necesario sacudir al mundo para que se caiga lo podrido. No podemos quedar en la apatía de una sociedad aletargada que no oye, que no habla, que no participa en los acontecimientos políticos. Aquella que ignora que el costo de la vida, de los alimentos, del vestido, de la educación, de la salud y de todo lo que tiene que ver con las necesidades del ser humano depende de decisiones políticas. Y hay quienes presumen de odiar la política. No saben que de su ignorancia o apatía ciudadana nacen los políticos corruptos, prostituidos, bandidos y lacayos que a través de reformas estructurales envilecidas nos entregan por un plato de lentejas ante los agiotistas y usureros del mundo neoliberal y globalizado del momento, tal como lo hicieron los gori-policías de Iguala al entregar a los jóvenes de Ayotzinapa al crimen organizado de Guerrero, en trágica simbiosis de cárteles abominables.
Hoy, en el Bicentenario de la Promulgación de la Constitución de Apatzingán, los hombres y mujeres libres y de buenas costumbres no tenemos nada que celebrar. Las aspiraciones de Morelos expresadas en los Sentimientos de la Nación han quedado ultrajadas por quienes se supone son los primeros obligados a respetarlas: gobiernos priistas, panistas y perredistas que a través de sus sordos y estúpidos intereses de partido nos han arrebatado el genuino derecho de ejercer la expresión soberana del pueblo que es suprema ley.
Hermanos y amigos lectores, por más que el presente sea de turbación e incertidumbre, y aunque hayamos perdido tantos sueños, no tenemos derecho de cometer la imperdonable omisión histórica de coartar la esperanza del mundo, sea pues, de la juventud. Ya lo decía el gran maestro Benito Juárez: “Malo sería dejarnos desarmar por una fuerza superior, pero sería pésimo desarmar a nuestros hijos privándoles de un buen derecho que, más valientes, más patriotas y más sufridos que nosotros, lo harían valer y sabrían reivindicarlo algún día”. Ellos, nuestros hijos, ya están dando la batalla, como los de Ayotzinapa, como los del Politécnico, como los de todas las universidades y Normales públicas de México. No podemos dar un paso atrás en contra de gobiernos viles. Todos los triunfos cuestan sangre, ya sea de las venas o del alma.
Es cierto, ya no hay palabras, pero debemos estar en busca de una acción que nos redima. Hacer -como lo invita Severo Iglesias- del pensamiento nuestra acción constituyente. Cómo inspira en estos momentos escuchar el himno genial de Benedetti: “... Si te quiero es porque sos / mi amor, mi cómplice y todo / y en la calle, codo a codo, /somos mucho más que dos”.
Aprendamos a estar distantemente juntos. Con todos y para el bien de todos.
Es cuánto.

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