Ismael Acosta García
Morena, una perspectiva sociológica desde la teoría general de los partidos políticos
Sábado 20 de Septiembre de 2014
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El objeto central de la ciencia política lo constituyen los partidos políticos y los sistemas partidistas. Afirma Douglas Rae, (1977) que la democracia moderna sin una palestra competitiva electoral es prácticamente inexistente. Esta premisa de la ciencia política nos lleva a la certeza de que, estemos o no de acuerdo con los partidos políticos, lo cierto es que estos son la herramienta principal con la que se operan los procesos electorales de un sistema que se precie democrático. Pero tampoco podemos caer en el engaño de que la democracia exista única y exclusivamente por la presencia de los partidos; en todo caso, es que son elementos complementarios. Verbigracia el ejemplo del México actual en que, si bien es cierto y aún se alienta la existencia de entes partidistas, eso no garantiza que se viva una clara democracia electoral, pero se aspira y se construye a ella. Hablamos propiamente de partidos cuando la política se configura en términos de participación electoral y cuando ésta se torna competitiva a través de los procesos electorales, dando como resultado los cambios de gobierno y de representación popular.
Una de las obras clásicas de la teoría general de los partidos políticos es la de Maurice Duverger (1951) llamada, precisamente, Los partidos políticos, construida desde las vetustas cuanto veneradas aulas de La Sorbona de París. En aquel momento, el autor planteaba el carácter altamente conjetural de la mayoría de las conclusiones de su obra y anunciaba, de manera entusiasta que, gracias a las tendencias innovadoras del momento que caracterizaban a los partidos desde la visión de organismos complejos, en el término de los siguientes 50 años sería posible pasar de una ciencia política atomizada y empírica a principios de investigación científica que permitirían trazar un cuadro general de estudio con clasificación metódica cierta, de manera de señalar en forma clara y precisa los argumentos para la creación de nuevos partidos políticos.
Esta apreciación inicial de Duverger, sustentada en el pensamiento de Weber y alimentada posteriormente junto a reconocidos teóricos de la ciencia política como Rokkan, Huntington, Sartori y Bobbio, entre otros, nos permite afirmar que en esta segunda década del siglo XXI, estamos transitando ya por una consolidada Teoría General de los Partidos Políticos.
Hecha esta obligada contextualización, es que podemos entrar a la reflexión y análisis del surgimiento de Morena en el espectro político nacional; aclaro, desde una perspectiva sociológica sustentada en la teoría política e independientemente de los intereses grupales o de personas que pudieran haberse significado en el momento de su gestación.
Segunda aclaración. Curiosamente, y desde la óptica de los dolidos perredistas (que bien pueden ser genuinos y respetados militantes de la izquierda, aunque escasos) y de sus más acérrimos rivales de la ultraderecha prianista, el surgimiento de Morena representa la evidencia clara de la fragmentación de la izquierda mexicana. Nada más absurdo que ello. Es una apreciación maniquea que no compartimos, pues iniciaríamos por preguntar de qué izquierda nos están hablando, si de la izquierda doctrinal de fuerte constructo ideológico, cívico y social que confluyó en el proceso eleccionario de 1988 y luego su emergencia como partido en 1989, o de la “izquierda” colaboracionista de 2014 (léase la del Pacto por México y reformas estructurales, por decir lo menos), que está más cerca de la clase hegemónica gobernante que de las clases populares y de trabajadores de este país que cada día ven ensancharse más la brecha que separa la indigencia de la opulencia. Queda pues descartada esa apreciación por parecernos verdaderamente tianguista y pragmática.
Por cuestiones de espacio, tendremos que acotar sensiblemente nuestro universo de análisis para pasar, del origen de los partidos en un panorama general, hasta la perspectiva genética de los partidos de izquierda, como en este caso lo es Morena.
Según Duverger y los tratadistas anteriormente citados, el izquierdismo sigue siendo una evolución que puede plantearse como hipótesis, puesto que es la resultante de una transformación que se ocasiona por muy diversas causas que propician la pérdida de confianza en los partidos antecedentes, ya sea por desviación de sus principios básicos, o porque las condiciones que les dieron origen ya no son válidas en el contexto actual de competencia electoral. Tal es el caso de los partidos nuevos “a la izquierda de los viejos partidos (PRD), que provocan el deslizamiento de estos hacia la derecha y que conlleva en ocasiones a su desaparición y fusión”. Esta propuesta contundente de Duverger la vemos hoy manifiesta en su más clara expresión: Un PRD desideologizado, entregado parlamentariamente y en su dirigencia nacional a los intereses de la derecha, que olvida su origen y ethos político y que tiende, por lo tanto, a su desaparición o total entrega y fusión a los partidos de la derecha. Vemos que, en el PRD, sus connotados dirigentes y parlamentarios se parecen más al prianismo que los propios militantes de esos partidos siameses; de allí que, el surgimiento de Morena, no es más que la sustitución de un viejo partido de izquierda por un nuevo partido más dinámico e intransigente. Esa tiene que ser la tarea de Morena, una tarea que le identifique más con las demandas populares en materia educativa, laboral, cultural, de salud, seguridad, empleo, en fin, de toda aquella gama de políticas públicas que deben hacer del gobierno un verdadero sistema operador de acciones de justicia y compromiso social; un partido que desafíe la supuesta legalidad del régimen mismo y que demande cambios fundamentales en la naturaleza del orden político establecido.
Morena debe tomar para sí lo que el PRD dilapidó: confianza e ideología. Antes que nada, la confianza del pueblo. Comenzar por la formación doctrinal de sus dirigentes y militantes en una ideología verdaderamente de izquierda liberadora. Garantizar que su estructura se olvide de las cuotas de corrientes y camarillas que en su antecedente inmediato se apoderaron del partido en detrimento de las mayorías, cárteles antropófagos y filífagos a los cuales, en la jerga de la política nacional, les endilgaron la lapidaria denominación de tribus, como una magistral definición de su conducta. Morena debe, además, afianzar su raigambre popular sobre la base de la sociedad civil organizada y las candidaturas ciudadanas. Los electores ya están hasta la coronilla de políticos y gobernantes corruptos, y de representantes populares perversos que en las cámaras entregan su dignidad por un plato de lentejas.
Algo que hemos dejado para el final, es: Morena debe superar los infantilismos políticos de algunos de sus más connotados dirigentes, actitudes que la experiencia ha dicho que se revierten y suelen resultar tremendamente caras. No se vale que, desde la palestra electoral, se descalifique groseramente a las instituciones que en dolorosos partos ha venido construyendo la incipiente democracia mexicana. Nadie, en su sano juicio, tiene el derecho de hacerlo, so pena de evidenciarse ignorante. Lo que sí tenemos todos, los de partidos y los de sin partido, es la obligación de perfeccionarlas. Esas instituciones son la razón de ser de nuestra condición ciudadana. Son perfectibles y siempre habrán de serlo, a menos que neguemos la veracidad de la historia y la dialéctica social.
Conclusiones.- Para despecho de muchos, Morena nace fuerte. Es un parto con nítido soporte en los enunciados de la Teoría General de los Partidos Políticos. No dispersa ni minimiza las posibilidades de la izquierda mexicana, por el contrario, las fortalece, sin que esto obligue a observar resultados deslumbrantes en la primera experiencia electoral. Combina la existencia de estrechos lazos entre el partido y los grupos sociales. Es, hoy por hoy, la nueva veta de esa tendencia ideológica por la cual, seguramente, se verterán preciadas formas de conducta partidista y de participación social que garanticen el espacio que la izquierda debe tener en el espectro político nacional. Por México y para el bien de todos.
Es cuanto.

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