Hugo Rangel Vargas
Tauromaquia: el ejercicio de la libertad
Jueves 11 de Septiembre de 2014
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Permítaseme primero aclarar que escribo estas reflexiones con el único acicate del uso de mi libertad y que lo hago sin exigir de nadie la comunión con las ideas que en éste, y en otros muchos ejercicios del pensamiento y la palabra, me permito exponer. Libertad que ejerzo también cuando decido asistir a tal o cual concurrencia, espectáculo o evento; sin pretender, ni por equivocación, seducir a quien no lo hace. Tal libertad es pues la que me ha llevado a ser un aficionado primerizo de algo que me cautiva seguir descubriendo: la tauromaquia.
Lejos de pasiones desmedidas y descontextualizadas que nublan la razón, la tauromaquia resulta una expresión de la cultura humana que ha dejado honda huella en múltiples manifestaciones artísticas. Ese hecho innegable es, per se, una muestra de la concreción de la libertad humana que asimila a la tauromaquia y la concretiza en una obra de teatro como “Carmen”, una poesía como las de Federico García Lorca, o cualquier otra forma de expresión artística. Denigrar tales manifestaciones del talento humano, bajo la descalificación de lo que las inspira, es pretender encasillar el ingenio de un artista al parámetro inflexible de una escala de valores predeterminada.
Es esa misma escala de apreciaciones, influenciada por el entorno y como un producto social e histórico, la que nos hace juzgar los hechos y calificarlos. Nociones y conceptos como el dolor, el sacrificio, la muerte y la violencia son determinadas por un contexto muy particular que se concreta en la relación del individuo con la naturaleza y la sociedad. Así por ejemplo, mientras en las sociedades occidentales el uso de vacunas como método de prevención de enfermedades es concebido como irrenunciable; para otras el paso a la muerte y el equilibrio que ésta conlleva, no debe ser interrumpido por la intervención del hombre y sus técnicas.
Una pretendida actitud redentora priva en quien considera que lo único que prevalece en la tauromaquia es el sufrimiento y la violencia. De manera cuestionable se asume que el toro de lidia padece dolor mientras está en el redondel, y se le impone a este animal y a quienes asisten a la faena, un estatus que es juzgado desde una escala de valores construida por la influencia y el entorno del juzgador. El pretendido universalismo de esos juicios rebasa incluso a los congéneres humanos de quienes así desean imponerlos, e implantan en un ser de otra especie conceptos como el de dolor y sufrimiento.
Esa desviación del etnocentrismo se encuentra detrás de quienes ven como sana y proba, por ejemplo, la esterilización de animales como mecanismo del control poblacional, asumiéndose así como salvaguardas del “bienestar animal”, mismo que sin embargo es estimado desde estándares humanos.
La elevación de juicios particulares a universales, llega a la exuberancia retórica de la proclamación de la “defensa de la vida”, alocución que llevada al exceso, esconde la mortaja sobre la que se alza el actual estatus evolutivo del que forma parte el propio juzgador. La defensa de la vida es la defensa de la muerte misma, y es la muerte y la violencia que ella procesa, la catacumba en la que se reproduce la estabilidad de la sociedad moderna. Así entonces, el pretendido universalismo de valores antitaurinos esconde también la doble moral de quien desprecia el proceso pero se abraza a sus resultados.
Doble moral que echa un velo sobre los matarifes de los toros de abasto y tiende sendos señalamientos a quienes hacen faena a un toro de lidia en una plaza pletórica de luces y rituales. Doble moral que desconoce que un toro de lidia vive cuatro años en promedio, mientras que un toro de abasto sólo doce meses; y que las vacas lecheras tienen tres crías y son sacrificadas, mientras que las de lidia llegan a vivir hasta 18 años. El movimiento antitaurino cohabita en una sociedad que consume pieles, que sacrifica animales y que se reproduce sobre la muerte de miles de seres vivos; sin embargo, detesta el procedimiento que le da estabilidad al conglomerado social del que forma parte; mismo que hace tan lúdica la tarea de un cocinero que prepara un filete ante los ojos de los comensales, como la de un banderillero enfrentando a un toro brioso en un redondel.
Mucho más habría que decir en favor de la tauromaquia: como el arte de la preservación de la especie de toros de lidia y su mejora genética y el derecho al trabajo digno y legal que tienen los toreros, ganaderos y demás individuos que viven de la tauromaquia; pero ante todo la mejor defensa es la del ejercicio pleno de la libertad, misma que ha sido conseguida pese a juicios de quienes en el pasado y en el presente, se asumen como el eje sobre el que gira, ya no sólo la especie humana; sino la vida misma.

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