Ismael Acosta García
El compromiso del liberalismo militante en el siglo XXI
Viernes 1 de Agosto de 2014

Primera parte

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El obsequio de un joven amigo recientemente incorporado a las filas del liberalismo me apuró a burilar estas reflexiones en torno a la situación social y política que vive la patria mexicana. Antes diré que el obsequio consistió en un retrato cuidadosamente enmarcado con la efigie del General Lázaro Cárdenas del Río, el hombre pulcro en toda la extensión de la palabra que desde sus mocedades dio muestra palpable de su conciencia y definición ideológica que le llevaría a ser el más brillante estadista mexicano del siglo XX.
Llega esta imagen cuando concluía en que, después de él y hasta la fecha, hemos adolecido de una personalidad política tan decidida y firme que se traduzca en liderazgo incorruptible para dirigir las aspiraciones genuinas del pueblo de México, precisamente ahora que los destinos de la patria han sido vulnerados de manera ominosa por las fuerzas oligárquicas y represivas de este país personificadas por Enrique Peña Nieto y su cártel.
En este momento, hay que decirlo de manera clara y contundente, la batalla se ha perdido. Las reformas estructurales impulsadas por un régimen prostituido y servil a los intereses extranjeros, como en la trágica alegoría y drama del maestro Hiram Habif, nos han dado el golpe de muerte. La ignorancia, la hipocresía y la ambición, han vencido. No hay más que conjeturar. Esas fuerzas apátridas han vencido al obtener por una clara mayoría abyecta de diputados y senadores las reformas que entregan la riqueza de la patria a los intereses extranjeros. Se han socavado brutalmente las aspiraciones de Morelos, de Juárez y de Cárdenas, por eliminar la brecha que existe entre la indigencia y la opulencia; el respeto entre los individuos y entre las naciones como fundamento filosófico-político de la defensa de la soberanía nacional; y la enseñanza suprema cardenista de que los bienes de la nación se defienden por sobre todas las cosas con la ley, con la dignidad, con la acción social y con la propia sangre.
Indigna ver cómo hoy, los “líderes de papel” de una pseudo izquierda partidista, se rasgan las vestiduras implorando respeto al Estado de Derecho y convocando a las masas a manifestaciones civiles que de ninguna manera lograrán bajo sus estrategias revertir la decisión tomada en las cámaras cuando, esos “líderes”, en su momento histórico, defraudaron al pueblo mexicano que había confiado en ellos. Hoy, al estilo de la sultana Aixa a su hijo Boabdil, ante la pérdida de Granada, habría que decirles que: “No llores como mujer lo que no supiste defender como hombre”. Juárez los visualizó en el devenir histórico cuando prevenía:
“Si la Francia, los Estados Unidos o cualquier otra nación se apodera de alguna parte de nuestro territorio y por nuestra debilidad no podemos arrojarlos de él, dejemos siquiera vivo nuestro derecho para que las generaciones que nos sucedan lo recobren. Malo sería dejarnos desarmar por una fuerza superior pero sería pésimo desarmar a nuestros hijos privándoles de un buen derecho que, más valientes, más patriotas y sufridos que nosotros lo harían valer y sabrían reivindicarlo algún día”.
¿Por qué afirmo lo anterior? Veamos:
Primero.- En el proceso electoral de 1988 y luego de una inusitada insurgencia ciudadana vía las urnas electorales, el pueblo de México derrotó al viejo régimen de partido ganando por buen margen la Presidencia de la República en la persona de Cuauhtémoc Cárdenas. Como era de esperarse, la Hidra de Lerna (o de mil cabezas), no iba a aceptar su derrota, recurriendo a todo tipo de fraudes y mapacherías y, en no pocos casos, a crímenes como los de Ovando y Gil Heráldez en la madrugada del 2 de julio del 88 en la Ciudad de México, y luego una cadena infame de asesinatos sobre gente del pueblo en otras entidades de la República como el caso de Michoacán donde, bajo los gobiernos de Martínez Villicaña y Genovevo Figueroa, murieron arteramente más de 164 opositores al régimen.
La teoría política revolucionaria nos dice que los movimientos sociales sólo triunfan por la vía de las armas y, cuando el pueblo de México entero esperaba, y luego reclamaba, la indicación del “líder” para salir a las calles, a los pueblos, a las ciudades y a los montes a defender hasta con la propia vida el triunfo que les escamoteaban Salinas, Bartlett, Arturo Núñez y sus secuaces, obviamente apoyados por las redes de inteligencia norteamericanas, el “líder de papel” no sólo evadió su responsabilidad histórica, sino que convino las condiciones de su derrota y otros quehaceres con Salinas en reuniones sucesivas de que da cuenta Jorge Castañeda en su libro La herencia, donde señala con toda precisión y detalle las fechas, lugares y personajes en qué y con quién se dieron las traicioneras reuniones de Salinas y Cuauhtémoc. Éste, respondería posteriormente que, tales reuniones, habían sido “pactos de caballeros motivados por su deseo de no ensangrentar a México”. Digámoslo claro, su baja moralidad de “líder”, le hicieron claudicar en la decisión suprema de encabezar la rebelión social que pudo haber cambiado el rumbo de la historia y, consecuentemente, los destinos de México. De nada valieron para él las declaradas insurgencias cívicas de los petroleros, los maestros disidentes, los electricistas democráticos, los académicos, los estudiantes, los viejos zapatistas, los obreros de otros ramos de la industria, los burócratas, los autotransportistas, los telefonistas, los camineros, las amas de casa, etcétera, etcétera, etcétera, ciudadanos que con todo se aprestaban a defender el triunfo del pueblo hasta sus últimas consecuencias. Mención aparte merecen los miembros del Ejército Mexicano que, como es perfectamente sabido, abrumadoramente veían con simpatía el triunfo del “hijo del General”. Menos le importaron los cientos de muertos que había dejado el proceso eleccionario en toda la geografía nacional. De ese tamaño fue la traición del “líder”.
Segundo.- Venidas las elecciones del 2006, una nueva y venturosa oportunidad se abría para el pueblo de México. López Obrador contendía para la Presidencia al frente de una coalición de partidos de “izquierda”, frente al candidato oficial de la derecha Felipe de Jesús Calderón y Roberto Madrazo que representaba a un esclerótico PRI. Un mes antes de las elecciones, el nuevo “líder de papel” encabezaba las encuestas con una clara y aparentemente irreversible ventaja de once puntos porcentuales en la tendencia del voto. Entonces, el infantilismo político del nuevo mesías de la pseudo izquierda, le hizo cometer graves pifias como el “cállate chachalaca”, y el despreciar el debate público televisivo entre los candidatos, en un acto de clara arrogancia y soberbia política. Bien dicen los cristianos: de los siete pecados capitales, el de la soberbia es el único que no se perdona. Y el electorado mexicano no se lo perdonó en las urnas. A partir de ese día y hasta el de la elección, las tendencias del voto que le favorecían se fueron diluyendo dramáticamente hasta una caída estrepitosa a la fecha del sufragio. Nada aprendió López Obrador a su paso por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM para actuar en consecuencia. Sus burdas formas le convirtieron en otro “líder de papel”, inútil, sin formación y sin ingenio político. Sus blasones antes de hacer confesión de fe “izquierdista”, eran: presidente del PRI en su natal Tabasco y secretario de Gobierno en administración priista.
A esta derrota lopezobradorista se sumó otra conducta veleidosa del “líder moral”, al negarse una y otra vez a declarar su apoyo al “Peje”. Dicen, los que saben de esto, que ese sólo hecho restó hasta un millón 600 mil potenciales votos en favor del candidato de la “izquierda”.
Tercero.- Y llegamos al día de hoy, a lo que viene pasando a raíz de la llegada de Peña Nieto al poder. Una dirigencia partidista de la “izquierda” sumisa, anodina y entreguista, que no sabe si lo que le toca es dar o recibir, se suma a las fuerzas retrógradas del PRIAN para dar paso a la creación de un “pacto por México” que legitimó el retorno del PRI al poder. Una instancia política ilegal que se ha abrogado para sí la función de legislar a espaldas del Poder Legislativo que constituye la base de la organización política del Estado mexicano. Los ilusos dirigentes dieron pie y votos para legitimar las reformas estructurales del nuevo régimen que hoy pretenden combatir, entre quienes se encuentran los “chuchos” y los “aureoles”. Esa fue la tercera vertiente de las traiciones al pueblo mexicano. No merecen más tinta.

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