Hugo Rangel Vargas
La rebelión de la humildad
Viernes 27 de Junio de 2014
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El andar adiestrado de un hombre sobre la pesada tierra que es abrazada por el sol de la Tierra Caliente; sus brazos firmes y sus manos rijosas, símbolos de la perpetua lucha del humano contra la naturaleza, en la que el trabajo es el forjador evolutivo de la especie; la voluntad tenaz de quien triunfa sobre el medio ambiente para hacerlo producir riqueza; son las peculiaridades que han hecho de Hipólito Mora y de José Manuel Mireles dos iconos per se del derecho a la rebelión civil del que han hablado hombres diestros en el arte de la política, como Santo Tomás, Thomas Hobbes o John Locke.
Pesa sobre la mirada de Hipólito y de Mireles, y sobre los ojos de quien la busca, el sencillo cortejo de la humildad que se desborda al estrechar su mano y que, en demasía de gracia, se vuelca después en abrazo fraterno. Influenciados quizá por la disposición apostolar que ha imbuido en su carácter la misión de la Iglesia católica de la Tierra Caliente apatzinguense (quienes se asumen como herederos de la preocupación paternal de Tata Vasco), los líderes de las autodefensas demuestran en su carácter, el temperamento de quien sabe que una lucha es como un círculo: se conoce en dónde comienza, pero nunca dónde terminará.
Era el brillante pero aristócrata británico John Locke, quien escribiría en su Tratado sobre el Gobierno Civil: “Si un hombre inocente y honesto está obligado a no abrir la boca y a abandonar todo lo que tiene, simplemente para no romper la paz, y tiene que ceder ante quien pone violentamente las manos sobre él, yo pediría que se considerase qué clase de paz habría en este mundo: una paz que consistiría en la violencia y en la rapiña, y que habría de mantenerse para beneficio exclusivo de ladrones y opresores”.
Sin embargo, han sido dos hombres de la Tierra Caliente michoacana, Hipólito Mora y José Manuel Mireles, quienes le han puesto apellido al derecho a la rebelión sobre el que disertó Locke. El valor de su agregado a las teorías del inglés no radica en la elaboradísima construcción metodológica de cómo el Estado puede corromper el pacto social; y sí en evidenciar el abandono del Estado mexicano a regiones enteras de Michoacán y en denunciar la colusión de sus gobernantes con intereses mezquinos alejados del bien común, fundamento de todo Estado, según el propio Locke.
La clase de ciencia política que dan las autodefensas de la Tierra Caliente michoacana no es una tesis avanzada sobre el legítimo ejercicio del ciudadano para devolver al pueblo el poder originario que depositó en el Estado, a efecto de que proporcionara protección y seguridad a los habitantes de un territorio. La aportación de estos michoacanos valientes se encuentra en haber capitalizado el enojo y el hartazgo de miles de ciudadanos que contemplaban el devenir de abusos y atropellos y reclamar para sí el legítimo derecho a la desobediencia de una ley que les impedía la autodefensa.
Pero la más revolucionaria de las aportaciones que han hecho los ciudadanos de Tierra Caliente y sus líderes que han decidido enfrentar su realidad y transformarla, no es una tesis avanzada de la teoría del Estado moderno ni sobre el establecimiento del legítimo poder de un soberano. El abierto desafío a un orden establecido, a una “paz declarada” y la transformación de esa condición de sujeción; bien podría ser un ejemplo que cunda sobre muchos otros territorios, muchos otros pueblos y muchas otras realidades que padecen lastres y que enfrentan la dictadura de intereses lesivos al de las mayorías. La posibilidad abierta del empoderamiento ciudadano es más revolucionaria que la misma teoría del Estado definida por Locke.
Pero hay una apéndice en las tesis de esta rebelión desde la humildad, y tiene dedicatoria a una clase política mexicana que ha hecho suya la maquiavélica razón de Estado de la conservación del poder a toda costa: el fin primordial de la rebelión de las autodefensas es el restablecimiento de la forma de gobierno democrático y los procedimientos para acceder al poder de manera tal que no se vulnere el imperio de la ley en el que se fundó el Estado y el pacto social, del que justamente la clase política es depositaria.
Sin embargo, el gran matiz con el que se ha levantado toda esta construcción práctica del derecho a la rebelión tiene que ver con la humildad en el andar de sus integrantes y de dos de sus dirigentes. Hipólito y Mireles, por encima de sus culpas ya juzgadas o de las que la historia juzgará, se han enfrentado a la paz sepulcral que fustigara Ricardo Flores Magón: “Predicar la paz cuando el tirano nos deshonra imponiéndonos su voluntad; cuando el rico nos extorsiona hasta convertirnos en sus esclavos; predicar la paz en tales circunstancias es cobarde, es vil, es criminal. La paz con cadenas es una afrenta que se debe rechazar”.
En lo personal, mi encuentro con la humildad en rebelión ha despertado la capacidad de asombro con la que muchos deberíamos reencontrarnos, un reencuentro con la dignidad humana que supera a la ética del poder y del poderoso: el reencuentro con los iguales. Un reencuentro que quizá nos merezcamos todos los michoacanos que hemos llorado en silencio el adiós de nuestros muertos y que hemos padecido el dolor de nuestra tierra lastimada. En ese reencuentro ya están Hipólito y Mireles.

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