Hugo Rangel Vargas
Crecimiento económico: Guerra de tecnócratas
Viernes 13 de Junio de 2014
A- A A+

Como un misil cayó el anuncio vertido por el titular del Inegi, Eduardo Sojo, en el sentido de que la economía mexicana había crecido apenas un 1.8 por ciento en el primer trimestre del presente año. Y es que el aurea impecable de triunfo de Luis Videgaray y su equipo de trabajo a raíz de la aprobación de las reformas Financiera, Fiscal y Energética, y que le había hecho ganar en diciembre de 2013 el reconocimiento de la revista británica The Banker como el Secretario de Finanzas del Año, parece haber sufrido un descalabro monumental.
Los efectos de esta cifra han llevado a reajustar las expectativas de crecimiento para la economía nacional por segunda ocasión. Así las cosas, en septiembre del año pasado la Secretaría de Hacienda había proyectado un crecimiento del 4.7 por ciento para el 2014; la cifra fue reajustada después a un 3.9 por ciento y finalmente en los últimos días de mayo la expectativa de crecimiento del PIB ha sido recalculada en 2.7 por ciento; cifra que resulta aún optimista frente a la proyectada por el Banco Mundial y que se ubica en 2.3 por ciento.
Pero la eficacia en la operación política de parte de Luis Videgaray y de sus colaboradores no tiene concordancia con sus resultados en el desempeño de la economía nacional, ni mucho menos en la elaboración de proyecciones. La explicación a esta última deficiencia (un tanto convertida en un pecado académico para un egresado del Instituto Tecnológico de Massachusstes, como Videgaray) podría encontrarse quizá en las deformaciones derivadas de su tendencia política influenciada por la obsesión peñanietista de la entrega pronta y expedita de resultados de pantalla.
Aunque la mayor asertividad en las proyecciones anunciadas por el titular del Inegi, mismas que han sido presentadas ante la opinión pública como un asunto de diferencia política entre un ex funcionario calderonista (Eduardo Sojo, titular de Inegi) y un “exitoso” secretario de la administración peñista, podrían tener su origen en una variante en las formaciones y deformaciones académicas tanto de Eduardo Sojo como de Luis Videgaray.
El primero es economista egresado del Tec de Monterrey y cuyos estudios de posgrado le llevaron, en la Universidad de Pennsilvanya, a acercarse al brillante econometrista Premio Nobel de Economía Lawrence Klein. La disciplina de estudio del maestro de Sojo le llevó a predecir en la segunda posguerra la etapa de bonanza que viviría la economía estadounidense y quizá la precisión de Klein puesta en énfasis al señalar que “el único test satisfactorio de una teoría económica es su capacidad predictiva”; ha llevado al director del Inegi a ser más meticuloso en sus estimaciones que el titular de la política fiscal.
Pero la formación académica de Videgaray no es despreciable y le ha ganado el mote de “el doctor” entre la clase política priista. Sus estudios de economía y derecho en el ITAM le condujeron posteriormente a realizar el Doctorado en Economía en el Instituto Tecnológico de Massachussets. Ahí mantuvo una cercana relación académica con el economista estadounidense James M. Poterba, este último un estudioso de los efectos de la tributación en las decisiones económicas de los hogares y las empresas. La tesis doctoral de Videgaray fue sobre la respuesta fiscal a los choques petroleros.
Resulta claro que las estimaciones y proyecciones económicas son el fuerte de Sojo y que la fortaleza académica de Videgaray se encuentra en el estudio de los efectos de los impuestos sobre las decisiones de los agentes económicos. La curiosidad académica versa sobre cuál de los dos tecnócratas tendrá mayor certidumbre en sus predicciones sobre el futuro comportamiento de la economía mexicana; sí aquel que sólo proyecta a partir de datos y tendencias, o bien el que ha construido una reforma fiscal, con tesis en mano y espera, como lo haría un laboratorista, de que sus reactivos le lleven al resultado correcto. Pese a ser un juego perverso, creo que el último tiene la influencia nociva de su ego.
Esto que podría resultar en un simple y sencillo debate entre tecnócratas sobre las deficiencias formativas de dos personajes que hacen política pública, cobra sin embargo relevancia en un país que lleva tres décadas desacelerando su ritmo de crecimiento sexenio tras sexenio y al que se le había pretextado, en diferentes ocasiones y también desde la misma tecnocracia, que el magro desempeño de la economía se debía a la falta de dinamismo del vecino país del norte, al débil mercado interno, o a la carencia de reformas estructurales.
Hoy sin embargo, la tecnocracia mexicana parece no tener asideros retóricos que ayuden a explicar sus pésimos resultados al frente de las decisiones del país. Resultados que por cierto empiezan a ser criticados también desde las prestigiadas publicaciones y rotativos norteamericanos especializados en economía.

Sobre el autor
Comentarios
Columnas recientes

De la paz a la seguridad interior

AMLO: la ruta de la paz

Meade: el eje del olvido

UMSNH y salario mínimo: dos caras del sistema

100 años, sólo un Pedro

Fidel, a un año de tu ausencia

Ayuntamientos en crisis

Uber en Michoacán

En defensa de la política

Michoacán: presidentes vulnerables

La ilusión del Frente Ciudadano

Imposturas en medio de tragedias

La tierra cruje

Por qué López Obrador

No mentir, no robar, no traicionar

Se llama Harvey

El expulsionismo militante

El “casting” del FAD

El ejemplo de Rafa y Julión

México, Venezuela y el TLCAN

El dinosaurio se niega a morir

A la altura de la maestra

El socavón de la corrupción

El origen de la vanidad

PRD: La impericia de la codicia

2018: Comienza el juego de imposturas

Las opciones de Mireles

Después del 4 de junio

Correa: La reivindicación de la esperanza

Burguesía a la mexicana

PRD: El discurso “definicionista”

Carmen Aristegui: La nueva patzcuarense

Yarrington, Duarte y la capacidad de asombro

Todo está en la mente

Cárdenas y la mayoría necesaria

La turbulenta izquierda y el enturbiado país

Patria antes que partido

¿Nueva?, ¿izquierda?

Michoacán, hacia un nuevo interinato

Autodefensas: cuatro años de afrentas

La diáspora perredista

#NoEsTrumpEsPeña

AMLO: ¿El triunfo irreversible?

El contrasentido del acuerdo peñista

Gasolinazo y crisis de confianza

Chávez, el parto pendiente

Postdata: Sobre los buenos fines

Casi al fin del mundo

Casi al fin del mundo

El Buen Fin

Trump: El villano favorito

Estados Unidos: lo que está en juego

De “salvador” a “jodedor”

El caso López Obrador

Tras los recortes

El falaz `paralelismo´ Clinton-Zavala

Los pendientes de los Calderón

Los diez minutos de El Tuca

Movimiento al 18

Las redes y Juanga

Peña Nieto: por si faltara poco

Políticas públicas sin medición

Peña Nieto: entre amistades, disculpas y rechazos

Election day

Inauguration Day

Inegi, acribillado

Una mayoría política, para una mayoría electoral

PRD: Un momento para aprovechar

2018:El tiempo de honrar a Heberto

¿Por qué no le creo a Jesús Ortega?

Después del 5 de junio

Muy al sur de Morelia

Mireles: Sin derecho a la rebelión

Trump: La amenaza de la estulticia

Del “ya me cansé” al “mal humor”

AMLO y EPN, dos caras de la misma moneda

Pedro Infante vive

Al diablo con sus instituciones

Legisladores bizantinos

La cumbre de la usura

Legislativo: Desequilibrio de poderes

Un Eco a la eternidad

Bernie Sanders: La esperanza de lo imposible

Febrero: Episodios de colonialismo y de libertad

Acciones afirmativas: El debate continúa

Participación ciudadana y construcción de gobernanza

Bautista, la alternativa perredista

Temixco: La vulnerabilidad revelada

La crisis que se asoma

Sudamérica: ¿Una golondrina que hace primavera?

Autodefensas y fibrosis social

PRD: Las alianzas posibles

Reformas fracasadas

Basave: Por la redención de los intelectuales

Canarios: la resistencia

Por México Hoy

PRI: La guardia al Maximato

Pátzcuaro: La ciudad de la utopía

“Un amigo se metió a la mafia…”

La confesión de la usura

Estados Unidos y Europa: Medidas divergentes, resultados diferentes

Presupuesto base cero: pretextando eficiencia

Cerati: Pasión por la eternidad

Inflación controlada, ¿el fin del fetiche?

2016: El año de la verdad

Cárdenas frente a Navarrete

Deuda pública federal: ¿Quién la detiene?

Los temores de Peña Nieto

Semeí, Mireles y el Tri

Política ficción: Una sucesión sin control

Grecia: Lo que está en juego

Libertad a Mireles

EPN: Crecimiento económico, popularidad y elecciones

7 de junio: Las lecciones de la elección

Itinerario de campaña

Jara: La pesadilla que está por terminar

Pátzcuaro: El costo de la municipalidad

Salarios y precios: una carrera perdida

Apuntes para una política de desarrollo rural

La piedra de toque de Peña Nieto

Sin lugar a duda… los Calderón

Hipólito Mora: libertad sin justicia

BRICS: ¿El principio del fin de una hegemonía?

Aplausos desaparecidos

¿Estado laico?

Michoacán: Las cartas están echadas

…Y no te volverán a aplaudir

El legado de Castillo

2018: Los adelantos del festín

2015: El paradigma en develación

Michoacán es un desmadre

2014: Lugar indeterminado

EPN: Revolución cancelada

EPN: La desproporción del derrumbe

El momento de Goyo y los nicolaitas

Economía campesina: Economía libertaria

Economía campesina: economía libertaria (Primera de dos partes)

Convención de Aguascalientes: El centenario

Contepec: Desempantanar a Michoacán

“La Tuta” y la mano que lava a la otra

PRD: La nueva cuota de sangre

Tauromaquia: el ejercicio de la libertad

EPN: La nomenklatura

Consejo Económico y Social de Michoacán: Las resistencias

La madre de las consultas

Reformas: de Acapulco a Atlacomulco

Michoacán: entre la desmemoria y la ignominia

FVF: El riesgo de los ciegos y los sordos

Y sigue la yunta andando

Televisa: El pecado original